lunes, 20 de enero de 2020

Base segura, patrón relacional y movimientos de transformación en una semana de análisis: Sesión científica con Rosa Velasco

Rosa Velasco Fraile

El 16 de Enero de 2020 Rosa Velasco impartió la Sesión científica en la SEP (Sociedad Española de Psicoanálisis) Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) la presentación BASE SEGURA, PATRÓN RELACIONAL Y MOMENTOS DE TRANSFORMACIÓN EN UNA SEMANA DE ANÁLISIS
Moderó la sesión Anna Ferrer, secretaria científica de la SEP, ante a un numeroso grupo de personas, alrededor de 50 asistentes.
Rosa Velasco mostró a través de su experiencia clínica cómo trabaja una psicoanalista de la SEP con una perspectiva psicoanalítica relacional.
Con el objetivo de poder visualizar el patrón relacional, Rosa Velasco mostró una semana de trabajo analítico (sesiones de martes a viernes) del quinto año de un proceso analítico. Se trataba de un paciente que inicia el análisis con un diagnóstico de depresión melancólica grave.
Se presentó un corte transversal del proceso. En el que, en una primera sesión de esta semana de análisis, se puede visualizar el conflicto y el patrón relacional predominante. Acompañó esta comprensión con algunas imágenes como el cuadro de “los amantes” de Magritte (1898-1967). 
Con el objetivo de poder pensar en cómo las experiencias traumáticas del pasado interfieren en las
relaciones del presente (memoria implícita).
En la segunda sesión de esta semana, se observa una actitud defensiva predominante. La defensa obsesiva es vista como una solución espontánea ante la ansiedad derivada de un conflicto de relación.
En la tercera sesión se muestra como predomina la conexión emocional consigo mismo y con la analista y se subraya la experiencia de transformación del sentimiento de inadecuación (o de vergüenza) en sentimiento de validación del afecto tristeza y rabia. La dinámica de desconfianza predominante de las dos sesiones anteriores se transforma en confianza en esta tercera sesión.
Se avanza en el análisis registrando aquellas experiencias que causaron dolor y frenaron el desarrollo emocional. Se co-construye en este momento una narrativa coherente que da cuenta de las vivencias dolorosas con la predominancia en el pasado de un sentimiento de humillación, de una intensa
vergüenza.
En la cuarta sesión se pueden registrar, en la dinámica analista-analizado, las experiencias emocionales del presente. Una capacidad mental, desarrollada durante este tiempo de trabajo analítico, permite ahora en el analizado, acoger estados de ánimo, tolerarlos, y conducirlos de manera más constructiva. Con una mente más protectora, aquella que puede acoger dolor mental, el propio y el ajeno.
La manera espontánea predominante de relacionarnos es inconsciente. A esta manera espontánea predominante y no consciente, Rosa Velasco la denomina patrón relacional (Mitchell, Stolorow, Orange, Atwood) y lo considera un derivado de las interacciones.

1 Rosa Velasco es médico psicoanalista. Miembro de la SEP. Co-fundadora de IARPP-E. Ha sido
presidenta de IARPP-E. Docente de un Seminario de la SEP desde el inicio de los seminarios de la
SEP (ahora, hace más de 10 años) Supervisora de analistas en formación. Supervisa grupos de
psicoterapeutas psicoanalíticos en Barcelona. En México supervisa grupos de psicoterapeutas
psicoanalíticos de manera on-line.

En este análisis, se pudo co-construir un vínculo de confianza o base segura, según la denominación de Bowlby. Una estructura de acogida para las emociones derivadas de las interacciones. En el pasado muchos de estos estados de ánimo no pudieron ser ni identificados, ni registrados ni transformados. En este ejemplo concreto dieron lugar a una sintomatología psicológica grave.
Se abrió el turno de palabras. Fueron muchas las intervenciones. Aunque la sesión se alargó, porque muchos de los asistentes aportaron consideraciones muy interesantes que se debatieron, algunas palabras pedidas no se pudieron recoger por falta de tiempo.
Se finaliza la sesión con la proyección del poema Ángel González (1925-2008):

Si temo
mis imaginaciones
no es porque vengan de mis fantasías,
sino de la memoria.
Si me asusta
la muerte,
no es porque la presienta:
es porque la recuerdo.

Para Rosa Velasco el arte nos ayuda a aumentar la comprensión de emociones universales. Este poema nos ayuda a pensar en el miedo intenso.
Analista y analizado interactúan en cada una de las sesiones de análisis con una disposición a acoger la subjetividad (las vivencias, los estados de ánimo).
La acogida y el registro de sensaciones y sentimientos (como el “miedo intenso” o el “sentimiento de inadecuación”) en el presente de la sesión analítica (patrón relacional, dinámicas transferenciales) contribuyen a liberar espacio mental para el intercambio relacional de una manera nueva. Podemos pensar en el final de este análisis en la medida en que el analizado se visualiza a sí mismo aceptando
su vulnerabilidad. Desarrollando empatía para acoger las propias emociones. Tolerándolas, transformándolas y estando abierto a las relaciones que nutren.

martes, 17 de diciembre de 2019

Las formas de la violencia simbólica en la comunicación mediática: Una perspectiva psicoanalítica relacional



El presente ensayo tiene el objetivo de analizar la construcción mediática del poder como un eje estratégico que permita sensibilizar sobre las formas simbólicas de la violencia, desde los estudios del psicoanálisis relacional. Este propósito surge a partir de enlazar diferentes supuestos derivados de investigaciones que se sustentarán en este trabajo, entre ellas: 1) El despliegue de contenidos informativos y de comunicación tienen como base intereses económicos y políticos, y distan significativamente de la búsqueda de un bienestar social o colectivo; 2) Los medios de comunicación e información son promotores de violencia simbólica al construir representaciones imaginarias de poder mediático en donde se injertan ideas y creencias que conllevan a la cosificación y explotación del individuo y 3) Las estrategias del marketing social no tienen impacto en la sensibilización sobre el ejercicio de la violencia simbólica, si bien algunas estrategias pueden estar orientadas hacia la prevención y el tratamiento de la violencia física o directa, ninguna campaña, plática, rueda de prensa o actividad social tiene implicaciones directas en la sensibilización sobre la violencia simbólica.

Con base en estos tres postulados se sustenta que el análisis de la construcción imaginaria del poder puede conllevar al desarrollo de estrategias para sensibilizar sobre el uso de la violencia simbólica, supuesto que se buscará sustentar. Una mirada psicoanalítica relacional nos puede ser útil para apuntalar nuestras intenciones. El psicoanálisis relacional privilegia la interacción como motor de cambio psíquico y social, a través de sus premisas le interesa el estudio de la intersubjetividad y de los entramados que se establecen cuando dos o más personas se unen para pensar y hacer vínculo.

En el primer apartado del trabajo se explicarán los supuestos con los que parte esta investigación; en la segunda parte del mismo, se buscará hacer una aproximación a los movimientos mediáticos que han surgido en contrasentido de la lógica mercantil y en el tercer y último apartado se desarrollará un eje estratégico en la comunicación de medios para sensibilizar sobre los usos de la violencia simbólica.

Los contenidos informativos y de comunicación
Es paradójico que, si bien las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han facilitado el acceso a la educación, a la cultura y el arte, no han generado mayor creatividad, mayor crítica, mayor conciencia del entorno ni ha disminuido la brecha educativa o las desigualdades sociales (González y Rodríguez, 2014). En opinión de estos autores, no se ha seguido una lógica diferente a la lógica de la mercantilización, se sigue buscando el beneficio personal, en búsqueda de gratificar necesidades narcisistas, y la concentración del poder en los medios está aniquilando la diversidad y la creatividad.  Algunos autores (Carbonell, 2013; Loreti y Lozano, 2014; González y Rodríguez, 2014) coinciden en que las redes de comunicación multimedia adquieren mayor valor económico y mercantil, en comparación con su valor social. De esta manera, el ciudadano actual se enfrenta al empoderamiento y monopolización de las redes mediáticas, con una posibilidad de acción reducida.
Para ejemplificar el tema, Valle (2014) refiere que el desarrollo de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación está en manos de alrededor de diez corporaciones internacionales, producto de la fusión de varias empresas. Así, el mercado de los programas de televisión, música, libros, videos, DVD y películas está posicionado en 90 por ciento de estas compañías. Mientras más sofisticados son los medios tecnológicos, más jerárquico y autoritario se convierte el sistema de control, en detrimento de su aspecto democrático. Por otro lado, si bien estos medios se han expandido en diferentes sectores de la sociedad, con la posibilidad de acceder y compartir información a través de las redes sociales, sigue estando presente la brecha entre ricos y pobres, por lo que muchas personas aún no tienen acceso a estos medios.

Loreti y Lozano (2014) señalan que las problemáticas de los medios de comunicación, en torno a la libertad de expresión, han ocupado un lugar importante en la agenda pública y ha generado vibrantes debates en la opinión de los ciudadanos. Refieren que la función del periodista y de los medios de comunicación es adoptar un código ético que proteja el derecho a la libertad de expresión, así como la garantía de transparencia en la información, es decir, informar con la mayor veracidad y objetividad posible, así como educar a una sociedad que se encuentra inmersa entre una infinidad de contenidos informativos (Avilés, 2013). Sin embargo, no debemos olvidar que en el mundo contemporáneo comulgan diversas posturas sobre temáticas diversas, diferentes miradas que presentan coincidencias o discrepancias frente a un fenómeno, por lo que la veracidad y la objetividad serían ilusiones o ideales ante una realidad multiforme, dinámica y compleja. El intento de concentrar el poder en una idea deriva en un adoctrinamiento que está en contrasentido con la apertura a la diversidad y el respeto a la democracia participativa.

Si los individuos y los grupos participáramos más en la construcción de la realidad social y tuviéramos la oportunidad de mediatizar nuestras ideas, podríamos retratar la densidad y complejidad de nuestras sociedades, de nuestros grupos y de nuestra subjetividad, algo que nos permita reapropiarnos de las complejidades del self y no vivir adoptando realidades imaginarias tan distantes y desvirtuadas, tan huecas y cosificadas, tan aparentes y superficiales.

La promoción de la violencia en los medios de comunicación
La violencia está presente en los medios de comunicación e información. No me refiero solamente a la violencia de la prensa amarillista, ni a los hechos violentos como asesinatos, torturas o violaciones a la ley que son retratadas por los medios. Me refiero a la ideología que cimbra en los discursos del poder mediático, en donde se construyen de manera imaginaria estatutos de poder a través de la riqueza, la belleza, la inmediatez, la omnipotencia, ideales varios que distan significativamente de lo propiamente humano.

Algunos autores (Abramovay y Pinheiro, 2015; Finol y Hernández, 2015; Prieto, 2013) han diferenciado una violencia física, entendida como la intervención de un individuo o grupo contra la integridad de otro individuo, grupo o contra sí mismo; de una violencia simbólica referida al abuso de poder en donde se imponen símbolos de autoridad como la violencia institucional, la discriminación, la marginación y las prácticas coercitivas. Se considera que desde los marcos culturales e ideológicos se reproducen realidades que, para obtener sus fines de comercialización y sustentadas en grandes estrategias de marketing, colocan al individuo como centro del universo, sin preocupaciones, sin agobios, sin faltas, sin tiempo ni finitud y en una imagen de completud aparente.

Se considera también que la reproducción de estas imágenes tiene serias secuelas en la conformación de la realidad y la construcción del self en la contemporaneidad, se tolera muy poco la frustración y la demora, existen diversas fuentes de evasión frente a la realidad, severos aislamientos o confusiones de identidad, descolocación  y sustitución de realidades por otras más amigables, redes narcisistas en donde el individuo no escapa de su imagen, desinterés e indiferencia por el prójimo, sentimientos de vacío existencial y normalización de la violencia.

La violencia, en opinión de Finol y Hernández (2015), se ha hecho imagen y en la imagen se ha hecho espectáculo, impactando en la relación social. Para los autores, el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por imágenes, las cuales al universalizarse, multiplicarse y proliferarse dan lugar a un exceso de representación y un acoso de la realidad (Debord en Finol y Hernández, 2015). Prieto (2013) refiere: “nos estamos convirtiendo en siervos o esclavos de la imagen o, lo que es lo mismo, de la dimensión más aparente y superficial de las cosas” (párr. 1).
La sociedad del espectáculo, para Finol y Hernández (2015), involucra tanto tendencias exhibicionistas como voyeristas; lugares intercambiables que desde la violencia simbólica implican los roles dominado-dominador. Así, la violencia simbólica se define como la coerción que el dominado naturaliza hacia el dominador y por la cual no puede pensar en otra forma de relación consigo mismo y con el otro. Los autores consideran que la sociedad del espectáculo deriva en la inserción de mecanismos de violencia simbólica, que se vuelven naturales e inevitables. El exceso de visibilidad cosifica al cuerpo y lo convierte en mercancía y fetiche, conllevando a una sociedad de indiferencia e indolencia frente al sufrimiento ajeno, que al exponer todo en exceso y hacerlo visible, lo entrega al desnudo, para ser devorado de inmediato. Hernández (2013) refiere:

Alrededor de la violencia se ha codificado una narrativa concentrada en su espectacularización, en la que la muerte deja de tener (o pierde) su carácter destructivo para agudizar un sentimiento de libertad y goce a partir del sufrimiento del otro, lo cual reafirma una subjetividad individual que naturaliza ese dolor desde la postura de espectador (párr. 24).

Una muestra de ello es el contraste en la imagen urbana de ciudades plagadas por la violencia como el caso de Monterrey, México. Al respecto Prieto (2013) plantea que, por un lado, la imagen urbana de la ciudad está encaminada a enaltecer su estética como forma de seducción a los ciudadanos y turistas y, por otro lado, retrata una sociedad matizada por el espectáculo de imágenes violentas ligadas al crimen organizado y el narcotráfico. Desde la perspectiva del autor, la violencia tiene la capacidad de generar imágenes espectaculares que entran en competencia o conflicto con los macroproyectos de las grandes urbes (Prieto, 2013).

La violencia simbólica nos lacera y nos sofoca, nos sitúa frente a las heridas de un ciudadano y de su ciudad, de su hábitat o su ecosistema. Nos sitúa frente a las grandes dificultades para establecer relaciones sociales basadas en la solidaridad, el respeto, el apoyo mutuo, la cooperación y el bienestar colectivo. Los códigos, en su mayoría indescifrables, de la violencia simbólica, conllevan a la reproducción de acciones violentas como una imagen en espejo en donde se representan abusos de poder, de corrupción, de uso y explotación de las personas, a favor de intereses económicos y políticos. Esta realidad de la violencia es sustituida por una realidad estética, seductora, complaciente, tentadora y placentera, que los medios de comunicación e información imponen como formas para tramitar angustias y ansiedades, y conducir al consumo.

Las secuelas de esta fabricación de realidades son que frente a una saturación de estímulos, imágenes y contenidos informativos, existen bloqueos importantes que nos desvinculan con el otro y desintegran los tejidos sociales de las relaciones, nos obligan a mirar nuestra imagen y compararla con los modelos instaurados en la sociedad del consumo, tal como Finol y Hernández (2015) refieren en torno a la selfie, autoimagen que circula en las redes y que promueve que el individuo se sitúe en un lugar privilegiado en función de la atención que se recibe en las redes sociales y el neonarcisismo, en donde el cuerpo es contemplado, exhibido y cotejado con modelos socialmente impuestos.

La fuerza de la violencia simbólica no discrimina identidades, sectores sociales, ámbitos, contextos, regulaciones, prohibiciones ni mesuras. La violencia simbólica no tiene un origen o un destino determinado, su marca está inscrita en el individuo, la familia, los grupos, las sociedades, la comunidad global y sus raíces pueden abarcar diferentes anclajes de relación; en otras palabras, no se pueden determinar sus primeros brotes o erupciones, ni tampoco delimitar sus zonas de proliferación o dominio.

¿Se puede plantear que existe mayor vulnerabilidad a la violencia simbólica en ciertos individuos o grupos? Se considera que no. Si bien, ciertas condiciones de vida como la precariedad de los servicios públicos, el ocio, la falta de oportunidades de educación y empleo y las restricciones en la movilidad social pueden acentuar el grado de violencia física (Abramovay y Pinheiro, 2015), se sostiene que todos los sujetos que estamos inmersos en esta aldea global, padecemos de maneras directas o indirectas los efectos de la violencia simbólica; en otras palabras, somos sensibles, de diversas maneras, a la imposición de ideas, discursos, creencias, dogmas, que repercuten en el uso y la explotación de los individuos y los grupos.

Movimientos contestatarios a la lógica mercantilista en los medios
Vivimos en una época de inmediatez, en un tiempo comprimido. En nuestros días es difícil desglosar y analizar los mensajes mediáticos, los cuales se condensan unos con otros, dando lugar a que en estados de irreflexión, nos convirtamos en autómatas al servicio del consumo: “Las tecnologías de la información han provocado una aceleración sin precedentes de la percepción del tiempo, con profundas consecuencias sobre los procesos de producción y consumo, la organización del trabajo, o el propio pensamiento y los estilos de vida” (Barranquero, 2013, párr. 1). Así, frente a la aglutinación de canales comunicativos e informativos, nos encontramos enredados y confundidos frente a un entorno que nos impone modelos de aparente satisfacción personal a través del consumo de un producto o servicio. Estas lógicas de mercantilización, además, prometen modos instantáneos de satisfacción en donde la promesa es aliviar las tensiones y angustias de vivir ante escenarios sociales inestables, inciertos, cambiantes e inseguros.

Barranquero (2013) señala que en el tiempo actual se le brinda culto a la velocidad a través de la búsqueda insaciable de ganar tiempo o perder el menor tiempo posible, de esta manera no se respetan los tiempos personales o la noción del tiempo subjetivo. Las consecuencias son graves ya que han incrementado los índices de estrés, ansiedad, desgaste laboral y déficit de atención. Frente a este panorama de incertidumbre, el movimiento slow media, mismo que el autor estudia y desarrolla, propone controlar los ritmos de vida más allá de la eficiencia temporal, se propone buscar la mesura, el tiempo justo, la reconexión con el medio ambiente y los vínculos cooperativos y solidarios. Además, cuestiona la producción y el consumo torrencial de información a través de soportes, formatos y prácticas que privilegian la brevedad, la simplificación, la descontextualización y la fragmentación de la información, por encima de su calidad.

Así como este movimiento se ha situado a contracorriente de las tendencias sociales actuales y la monopolización de los medios tecnológicos y de comunicación, han habido enfoques por parte de la Comunicación para el Desarrollo y el Cambio Social (CDCS), para buscar la mejora y el bienestar de los individuos y las poblaciones en materia de derechos humanos, justicia social y respeto al medio ambiente (Angel y Barranquero, 2016), destacando entre ellos la comunicación para el desarrollo, la comunicación para el cambio social, la comunicación participativa, la comunicación alternativa, la comunicación popular, folkcomunicación, movimientos sociales y TIC (tecnologías de la información y la comunicación), el buen vivir, la dialogicidad y la performatividad.

Sin embargo, en materia de marketing social, las estrategias derivadas de la mercadotecnia, tales como charlas, campañas, ruedas de prensa y actividades sociales para incidir en problemas de salud pública, derechos humanos, medio ambiente, desarrollo comunitario y otros (Fernández et.al., 2017), están situadas en el plano de la comunicación interpersonal y no mediática. Desde estas estrategias se busca la mejora a través del involucramiento y la participación ciudadana en un ideal de equidad y democracia, cuando desde los medios, se siguen reproduciendo ejercicios de poder ajenos a los intereses de la ciudadanía, que retratan mínimamente las problemáticas sociales que viven y que no son empáticos con las necesidades que presentan.

El marketing social, desde un punto de vista personal, no ha alcanzado a cuestionar la cosificación y mercantilización del sujeto derivada de la violencia simbólica, especialmente aquella emitida por parte de los medios de información y comunicación. Si bien entre sus estrategias, aplican técnicas de la mercadotecnia para la implementación, análisis y evaluación de programas que buscan promover la aceptación, modificación, rechazo o abandono de comportamientos voluntarios encaminados al bienestar (Fernández, et.al., 2017), no ejercen una autocrítica frente a las secuelas que las mismas estrategias mediáticas imponen en los individuos. La indiferencia y la normalización de la violencia fungen como defensas o escudos para no contactar con lo terrible y lo horroroso del drama citadino ya que, como refiere Hernández (2013), en países como México, Venezuela, El Salvador y Brasil, el número de asesinatos incrementa cada año, por lo que estas sociedades ya no son solo sospechosas, sino cómplices de la violencia.

Construcción de un eje estratégico para sensibilizar sobre el uso de la violencia simbólica
Con base en los enunciados anteriormente desarrollados, se sostiene el supuesto de que la deconstrucción del poder que se reproduce en los medios puede ser un eje estratégico que permita sensibilizar a los individuos y a los grupos sobre el uso de la violencia simbólica. En opinión de Valle (2014), la monopolización de los medios de comunicación ha tenido tres principales efectos: 1) Refuerza la despolitización de la gente, los conglomerados de medios “no tienen nada para decir, pero mucho para vender” (Gerbner en Valle, 2014, párr. 10); 2) Desmoralizan a la población convenciéndola de que es inútil la esperanza de cambio; y 3) Producen realidades paradójicas que repercuten en desigualdades sociales: “se verifica un mayor y creciente acceso a la recepción de medios y, al mismo tiempo, los medios están cada vez en menos manos” (Valle, 2014, párr. 10).

El poder en el imaginario colectivo actual remite a una ficción, a una trampa y a una falsedad que tiene como propósito investir ideas de éxito, riqueza y fama que son solo aparentes y que esconden la brutalidad de la violencia y el desgarramiento de la indiferencia y el vacío; si en lugar de seguir reproduciendo estas imágenes, se deconstruyera el poder mediático a partir del diseño de nuevas narrativas, guiones y escenas con símbolos más humanos y éticos, con liderazgos efectivos y solidarios como representantes de ideales, con discursos apegados a la crisis humanitaria que vivimos, con la representación de la democracia a través de propuesta clave, podríamos incidir en la sensibilización sobre el uso de la violencia simbólica. El poder de la imagen es innegable y no es mi propósito desacreditarla, sin embargo la construcción imaginaria que se muestra en los medios es tan distinta de lo que experimenta el ciudadano común hoy en día, tan distintas son sus necesidades, que el propósito de la comunicación mediática se ha orientado a solo fines mercantilistas y no de sensibilización.

Desde una lógica social, la mercadotecnia podría participar en resaltar la fuerza de la fraternidad y no el realce de un individuo; desarrollar el capital social que no es propiedad de un individuo ni de una institución, sino que surge en las relaciones cooperativas entre los actores (Abramovay y Pinheiro, 2015); fomentar la equidad entre hombres y mujeres; la integración de los grupos minoritarios, la justicia, la igualdad de derechos; sensibilizar sobre la intolerancia, el autoritarismo, los dogmas, el fanatismo, la concentración del poder, la búsqueda insaciable de riqueza, las desigualdades sociales. Podría en función de su giro comercial, promover hábitos sanitarios, de alimentación, de comunicación, de aprendizaje, de manejo emocional más adecuados; sensibilizar sobre el ecocidio o la destrucción del medio ambiente por la mano del hombre, propiciar discusiones sobre aspectos éticos y de salud mental; fomentar el deporte, el arte y la investigación a través de actitudes críticas, analíticas y creativas.

Cada vez existe más exigencia y demanda a las corporaciones y a las organizaciones actuales para que contribuyan de manera activa y voluntaria en la mejora del entorno, es decir para que adquieran mayor responsabilidad social. Desde este ángulo, el marketing social podría incidir para que, por cada anuncio publicitario que esté diseñado para el consumo de un producto o servicio, se diseñe uno análogo cuyo fin sea sensibilizar sobre algún aspecto ideológico o cultural que esté implicando algún uso de la violencia simbólica y que repercuta en mayor sensación de bienestar social y colectivo.

Tendremos que ser críticos con la reproducción de realidades ficticias y artificiales que nos venden los medios de comunicación e información, y ser contestatarios para ofrecer formas distintas (más humanas y más solidarias) de responder a las angustias y ansiedades contemporáneas. González y Rodríguez (2014) proponen, a través de sus críticas y estrategias, crear una comunidad digital crítica que discierna entre la infinidad de información y comunicación que existe en los medios, una sociedad de mentes ideando y creando sobre los problemas que sobrevienen en su sociedad. Si el futuro ya no puede ser pensado sin el uso de la ciencia y la tecnología, más vale que esté al servicio de nuestra supervivencia y, paradójicamente a los estatutos y premisas posmodernos que enaltecen el valor del individuo, la oportunidad de sobrevivir emana de las interacciones, la participación colectiva y la construcción de tejido social, premisas que son apuntalados por el psicoanálisis relacional.

REFERENCIAS
Abramovay, M., & Pinheiro, L. C. (2015). Violencia y vulnerabilidad social. Recuperado de: https://ebookcentral.proquest.com
Angel, A., & Barranquero, A. (2016). Mapa de objetos y perspectivas en comunicación, desarrollo y cambio social. Universitas Humanistica, 81(81), 91–118. Recuperado de: https://doi.org/10.11144/Javeriana.Uh81.mopc
Avilés, R. (2013). Medios, ética, estética, libertad y cambios sociales. Cotidiano - Revista de La Realidad Mexicana, 28(181), 29–36. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=zbh&AN=94752232&lang=es&site=ehost-live
Barranquero, A. (2013). Slow media. Comunicación, cambio social y sostenibilidad en la era del torrente mediático. Palabra Clave, 16(2), 419–448. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=zbh&AN=109037245&lang=es&site=ehost-live
Carbonell, A. J. M. (2013). El futuro de la comunicación: redes, medios y poder. Recuperado de: https://ebookcentral.proquest.com
Fernández L. et.al.  (2017). Marketing social y su influencia en la solución de problemas de salud. Revista Cubana de Investigaciones Biomédicas, 36(3), 1–11. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=lth&AN=131716230&lang=es&site=ehost-live
Finol, J. E., & Hernández, J. A. (2015). Sociedad del espectáculo y violencia simbólica: las nuevas formas de la violencia en el discurso mediático. Espacio Abierto. Cuaderno Venezolano de Sociología, 24(2), 349–369. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=zbh&AN=109951992&lang=es&site=ehost-live
González, P. A., & Rodríguez, P. R. (2014). Caos digital y medios comunes: transformaciones de la comunicación social en el siglo xxi. Recuperado de: https://ebookcentral.proquest.com
Hernández, J. A. (2013). Pensar la violencia desde las mediaciones: retos epistemológicos en comunicación. Signo y Pensamiento, 32(63), 16–32. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=zbh&AN=95272907&lang=es&site=ehost-live
Loreti, D. M., & Lozano, L. (2014). El derecho a comunicar: los conflictos en torno a la libertad de expresión en las sociedades contemporáneas. Recuperado de: https://ebookcentral.proquest.com
Prieto, J. M. (2013). La Imagen Urbana en Contextos De Violencia: El Espectáculo Continúa. Gestión y Estrategia, (44), 15–33. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=zbh&AN=94737267&lang=es&site=ehost-live
Valle, C. A. (2014). Poder político, tecnología y medios de comunicación. Media Development, 61(3), 34–36. Recuperado de: http://search.ebscohost.com/login.aspx?direct=true&db=ufh&AN=109111615&lang=es&site=ehost-live



lunes, 22 de julio de 2019

El dolor es sordo... y ensordecedor: Reseña de libro


 
Por Karla Rodríguez Escenaro

De manera muy sensible la terapeuta Laura Molet nos lleva por las sendas del dolor visto desde diferentes perspectivas, el abuso es una de ellas y el cáncer es otra de ellas, nos enseña cómo en ambos casos terapeuta y paciente deben hacer presente al dolor y al sufrimiento, que habite la intimidad del análisis, para ser escuchado con coraje y entonces darle un reconocimiento que dignifique a la persona. Con este libro la autora nos enseña de manera clara cómo al dolor y al sufrimiento hay que sentarlo en el sillón y darle voz




jueves, 11 de julio de 2019

1er. Webinario AMPPR-IARPP Capítulo México Contemporáneo: Apego y resiliencia en la familia homoparental


R
Roberto Vargas Arreola 



Introducción

Las homoparentalidades son organizaciones familiares emergentes en nuestros días, atravesadas por posturas polémicas y divergentes. Las opiniones más conservadoras aluden a que el matrimonio y la adopción de hijos por parte de parejas homosexuales repercuten psicológicamente en el niño, en específico, en su orientación de género u orientación sexual. Posturas más liberales muestran con, sustento científico, que no existe ninguna precondición en la homoparentalidad que repercuta en esta orientación y por el contrario, padres homosexuales pueden ser respetuosos con la crianza y educación de sus hijos, manifestando compromiso, amor y entrega en sus funciones parentales. En las encrucijadas de este asunto polémico, se considera que el psicoanálisis relacional pueden aportar elementos cruciales que permitan una mayor comprensión y análisis del acontecer de estos padres e hijos, que disminuya las perspectivas prejuiciosas, punitivas y estigmatizadas de esta elección y promueva el reconocimiento de prácticas diferentes a las convencionales.

Por ello, se propone analizar el vínculo en el ejercicio parental de padres adoptivos que han formado una familia homoparental con el fin de estudiar los elementos interaccionales encaminados a establecer un apego seguro con sus hijos y a desarrollar habilidades resilientes. Se considera que si una investigación se enfoca en describir las relaciones, en lugar de interpretar datos psicopatológicos, tiene oportunidad de descubrir los recursos y no solo los déficits de estas familias, en un tiempo donde se requiere mayor respeto a la diversidad en todos los ámbitos de la vida pública.

El interés está centrado en estudiar las particularidades de esta organización familiar, a diferencia de la búsqueda por homologarla con la familia tradicional. Al estudiar los aspectos particulares es probable que se obtengan hallazgos importantes en el reconocimiento de sus diferencias.



Las familias homoparentales

Las familias homoparentales son aquellas cuyas figuras parentales están conformadas por personas del mismo sexo. El término abarca a parejas homosexuales (gays y lesbianas) que, como pareja, acceden a la maternidad o paternidad; así como a las familias constituidas por una pareja homosexual que educa y vive con los hijos de alguno de sus miembros, producto de una relación heterosexual previa. En nuestro país, desde el ámbito jurídico, las parejas del mismo sexo conviven bajo diversas legislaciones. Sin embargo, en 2016, la Suprema Corte avaló la adopción homoparental a nivel nacional.

De acuerdo al Censo de Población y Vivienda del 2010, seis de cada mil hogares en el país están conformados por parejas homosexuales y tres cuartas partes de las familias homosexuales en el país tienen hijos, siendo más frecuente en las parejas lésbicas. Para Angulo, Granados y González (2014), las familias conformadas por gays y lesbianas han existido desde hace mucho tiempo, antes de que se legalizara el matrimonio entre personas del mismo sexo. Con el reconocimiento legal y los derechos garantizados, estas familias han tenido más visibilidad y más herramientas para exigir sus derechos.

No obstante, a pesar de ello, la última encuesta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación publicó que uno de cada dos homosexuales refiere ser discriminado. 16.7% de las mujeres lesbianas y 10.6% de los hombres homosexuales han percibido rechazo en los servicios de salud. De 2,362 parejas casadas hasta marzo de 2013, según datos del gobierno capitalino, sólo 22 consiguieron registrarse en los servicios de seguridad social, tras interponer un amparo. Con ello se declara una violencia institucional en el país, ya que las autoridades federales se han negado a hacer las modificaciones correspondientes a la ley para garantizar a todos los matrimonios el derecho a la seguridad social (Angulo, Granados y González, 2014).

Si bien los ordenamientos que protegen el derecho a una familia, aun cuando ésta sea homoparental, están legislados, en opinión de Fernández (2014), esta familia aún no goza del reconocimiento social, despertando una clara desconfianza en el planteamiento de que parejas homosexuales obtengan el derecho de criar y educar a hijos e hijas. Esta controversia ha dado lugar a una guerra cultural entre grupos conservadores y liberales. Por un lado, los primeros niegan el derecho de las parejas homosexuales a tener hijos, establecen que las figuras materna y paterna son necesarias para formar la identidad de género del niño, argumentando que la falta de un padre o madre puede originar graves trastornos de la personalidad e incluso una orientación homosexual en el menor (Fernández, 2014). Por otro lado, los segundos argumentan que no existe una relación directa entre ser criado en una familia homoparental y presentar algún trastorno en la identidad sexual o de género.

Angulo, Granados y González (2014) desde una postura crítica y apoyada en los testimonios de padres homosexuales, sostienen que las familias homoparentales tienen considerables fortalezas frente algunas familias heteroparentales, por ejemplo, en estas familias se establecen patrones más igualitarios en la distribución de los tiempos y las responsabilidades en el hogar y con los hijos. Numerosos estudios de expertos, así como la Asociación Americana de Psicología, de Psiquiatría, de Pediatría y de Psicoanálisis han asegurado que la sexualidad de los padres y madres no tiene efectos perjudiciales en la salud y el desarrollo de los hijos (Angulo, Granados y González, 2014).

En nuestro país, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM, 2010), en específico el Seminario de Ética y Bioética de la Facultad de Filosofía y Letras, sostiene que no existen razones objetivas, ni científicamente fundadas, para conjeturar riesgos en los menores criados y/o adoptados por parejas homosexuales. En comparación con las parejas heterosexuales no existen diferencias significativas en los efectos psicosociales de estos niños. Tanto las familias heteroparentales como las homoparentales pueden ofrecer condiciones adecuadas para criar, cuidar y educar a niños en calidad de orfandad o abandono.

Asimismo, la UNAM (2010) refiere que el matrimonio, así como la familia son instituciones sociales que han evolucionado en el transcurso de la historia. La Ley debe reconocer y regular la diversidad de organizaciones familiares, así como las distintas funciones del matrimonio. En su opinión, es inaceptable que se difunda una definición rígida y sustancial de la familia o del matrimonio. El hecho de que tradicionalmente las familias y los matrimonios hayan sido heterosexuales, no implica que el Estado actual se absuelva del reconocimiento y protección legal de las uniones y la adopción por parte de personas del mismo sexo.

La UNAM (2010) concluye, como lo demuestran otras investigaciones internacionales, que la legalización del matrimonio homosexual y la adopción homoparental puede tener un efecto favorable en fortalecer la pluralidad social y la integración definitiva de las personas homosexuales en todos los ámbitos, en favorecer la aceptación y el reconocimiento de sus derechos y en reducir la intolerancia, a partir de la penalización de los actos de discriminación, violencia y segregación homofóbica.

Desde la postura del presente ensayo se considera que el vínculo que se sostiene en el ejercicio parental de padres adoptivos que han formado una familia homoparental puede ser orientado desde la psicoterapia hacia diferentes metas, entre ellas:

1)      La resiliencia de los padres para afrontar las adversidades derivadas de la crítica y la desconfianza de algunos sectores de la sociedad.

Desde el punto de vista relacional, ciertos grupos sociales representan lo rechazado o repudiado por la sociedad y la cultura, son sujetos de proyecciones negativas y contenidos repudiados e inaceptables que se necesitan evacuar a través de mecanismos  de desapropiación subjetiva. Así, los homosexuales, las mujeres, los indígenas, los judíos, los negros, entre otros, han fungido como receptáculos de odio y desprecio hacia lo diferente ya que contrapuntea la fragilidad de la identidad.

Sin embargo, existe una diferencia notable entre ser destinatario de estas proyecciones e identificarse con éstas. Si una familia homoparental evita permearse de estas proyecciones sin actuarlas, sin defenderse violentamente, sin aceptarlas con pasividad, deja claro que “el loco” es quien las emite, facultando el proceso de asumir la responsabilidad en aquello que proyecta.

Es un proceso equivalente a la corresponsabilidad que promueve el terapeuta familiar ante las proyecciones emitidas en el paciente identificado cuando refiere: ¿Qué no es el sistema en su conjunto el que está enfermo?



2)      La reafirmación del deseo de ejercer la paternidad o maternidad por encima de cualquier reafirmación narcisista o de la búsqueda de reivindicación de sus derechos civiles.

Asumirse padre es acceder a una función de legitimar a un hijo, nombrarlo, reconocerlo, inscribir en él una historia que le dará identidad, pertenencia, sostén y de la que en algún momento se podrá desprender. Ser padre implica un compromiso psíquico con la otredad, una cierta renuncia a la satisfacción narcisista, una capacidad para asumir una función fundamental en relación con los descendientes.

La paternidad y la maternidad no son condiciones naturales de ser hombre o mujer. El ejercicio de ser padre remite a construcciones sociales, históricas y políticas de la subjetividad humana, donde no hay dependencia con alguna noción naturalista o de orden biológico.

Para algunos homosexuales, adoptar hijos puede estar motivado a reafirmaciones narcisistas o de búsqueda de reivindicar derechos civiles, sin embargo, cuando estas motivaciones ocupan el primer plano queda en duda si el deseo está orientado a ser padres o a tener un hijo (en el sentido de poseer), que no es lo mismo. La diferencia estriba en el grado de compromiso afectivo para otorgar un lugar psíquico a otro ser por encima de la búsqueda por satisfacer necesidades narcisistas.



3)      El reconocimiento y respeto de los derechos del niño como un ser completo, íntegro e independiente a la pareja de padres.

El artículo 4° establece que los niños y niñas tienen el derecho a la satisfacción de las necesidades de alimentación, salud, educación y sano esparcimiento para su desarrollo integral que, sus ascendientes, tutores o custodios deben preservar. Los derechos de los menores sujetos a adopción, se encuentran en posición prevalente frente al interés del adoptante o adoptantes. Asimismo, considera que la orientación sexual de la persona o la pareja no es en sí mismo un hecho nocivo para el desarrollo de un menor. El interés superior de éste permite delimitar el universo de posibles adoptantes, sobre la base de que ofrezcan las condiciones necesarias para el cuidado y desarrollo del menor, establecidas en la ley. La autoridad aplicadora evaluará y decidirá lo que represente su mejor opción de vida, ya que sostener que las familias homoparentales no satisfacen este esquema implicaría utilizar un razonamiento constitucionalmente contrario a los intereses de los menores que, en razón del derecho a una familia, debe protegerse (Fernández, 2014).



4)      La consolidación de un apego seguro en la familia como una forma de vincularse afectivamente con su hijo.

Bowlby (1976) desarrolló la teoría del apego, la cual describe el efecto que producen las experiencias tempranas y la relación con la primera figura vincular en el desarrollo del niño. Para el autor, la capacidad de resiliencia frente a eventos estresantes es influida por el patrón de apego o el vínculo que los individuos desarrollan durante las primeras experiencias con su cuidador, que generalmente es la madre, pero puede ser otra persona. El desarrollo del apego es fundamental ya que a través de este vínculo, el niño adquiere la seguridad para explorar y aprender de su entorno y de él mismo, desarrollando el altruismo, la generosidad y la empatía.

En el caso de familias homoparentales, el vínculo seguro permitirá que padres e hijos puedan afirmarse en su entorno y desarrollar la capacidad de asumir su situación de vida con firmeza y seguridad, a pesar de encontrarse al margen de las prácticas heteronormativas



5)      El reconocimiento de las diferencias y particularidades que tienen como familia en comparación con otras organizaciones familiares, no viviéndolas como una desventaja, sino como una oportunidad diferente de desarrollo.



En nuestros tiempos es difícil determinar los sujetos que pertenecen a una mayoría o a una minoría. Son tantas las condiciones que nos constituyen (y constriñen) que en algunos aspectos nos ajustamos a los parámetros sociales esperados, mientras que en otros somos ajenos y vulnerables a posibles actos de rechazo y discriminación. Si se logra afirmar este supuesto, los beneficiaros de aceptar y reconocer las diferencias en las organizaciones familiares podrían ser hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, padres biológicos o adoptivos, personas que se identifican con su rol de género (cisgénero) o que no (transgénero), que ejercen su función parental solos o en pareja, que provienen de relaciones truncadas por el divorcio y están inmersas en otra relación, que han accedido a la parentalidad por métodos de reproducción asistida, entre otras diversidades familiares que, en suma, están buscando dar un estatuto social a las familias no tradicionales, lejos de patologizarlas por el simple hecho de ser diferentes.

En mi perspectiva, es necesario dejar atrás la idealización que algunos estratos sociales aún sostienen sobre la familia nuclear o tradicional. Efectuada esta transición, no se trataría de ajustarse a la norma, sino de encontrar las diferencias que singularizan la estructura y funcionamiento de una familia homoparental. Milan Kundera decía: “Toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anexo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad; con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de descontentos, hasta que las magnitudes se invierten”. Estamos a la espera de que ese momento nos alcance.




Referencias

Angulo, Granados y González (2014, abril). Experiencias de familias homoparentales con profesionales de la psicología en México, Distrito Federal. Una aproximación cualitativa. Cuicuilco. Vol. 21, No. 59. Recuperado de: http://www.redalyc.org/pdf/351/35131858010.pdf

Bowlby, J. El apego. El apego y la pérdida I. Paidós: España.

Cyrulnik, B. (2002). Los patitos feos. La resiliencia: Una infancia infeliz no determina la vida. Gedisa: España.

Fernández, M. (2014, enero). Nuevas realidades en torno a la familia: Familias homoparentales y adopción. Divulgare: Boletín Científico de la Escuela Superior de Actopan, vol. 1, no. 1.  Recuperado de: https://www.uaeh.edu.mx/scige/boletin/actopan/n1/index.html

OMS (2004). Promoción de la salud mental: Conceptos, evidencia emergente práctica. Ginebra: Organización Mundial de la Salud. Recuperado de: http://www.who.int/mental_health/evidence .

UNAM (2010, 31 de mayo). Opinión sobre la reforma al Código Civil del Distrito Federal (artículos 146 y 391) para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo y la acción de inconstitucionalidad que interpuso la Procuraduría General de la República ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Seminario de Investigación de Ética y Bioética. Recuperado de: http://www.bioetica.unam.mx/assets/matrimonios.pdf




lunes, 1 de julio de 2019

“Primero ser, para luego hacer”: La orientación de la cura en la técnica psicoanalítica winnicottiana



Roberto Vargas Arreola



La clínica psicoanalítica supone una posición del analista, una elaboración del acto analítico o, dicho de otro modo, una ética (Bareiro, 2012). Winnicott, al respecto, ha sido reconocido por su forma original de trabajar con sus pacientes. Sus formulaciones han sido repensadas en el psicoanálisis contemporáneo y trascendido entre las generaciones de analistas. Aunque tiene una formación médica como pediatra y psiquiatra infantil, su actividad clínica fue principalmente como psicoanalista. Se entusiasmó en sus inicios con la lectura de “La interpretación de los sueños” y supervisó durante seis años con Melanie Klein. En la década de los cuarenta comenzó a desarrollar sus propias aportaciones, consideradas de gran riqueza en el campo de la clínica y en particular, en la orientación de la cura y la posición del analista.

En la clínica winnicottiana, el paciente usa al analista para curarse. Se interroga sobre cómo y para qué usar a su analista, así como al inicio de la vida el bebé se pregunta de qué modo puede usar a su madre y luego al entorno para descubrir de manera creativa la realidad externa. En esta premisa establece una analogía entre los brazos que sostienen el encuadre psicoanalítico y los brazos de la madre. Bajo estas condiciones, se inicia un desarrollo auténtico y vital, que da lugar al nacimiento de un verdadero self. Éste se despliega espontáneamente de dentro hacia afuera, y el medio no es su modelador, sino su facilitador (Painceira, 1997).

El self para Winnicott no es lo mismo que el yo, equivaldría mejor a la noción de “ser” o “persona”, su fuente es el cuerpo. El self verdadero emana de la vida, de los tejidos corporales, de la respiración y los latidos cardiacos. Es la fuente vital del desarrollo, de donde emana el gesto espontáneo y la creatividad (Painceira, 1997).

Para Winnicott, el holding, a los comienzos de la vida, está constituido por el vínculo de identificación primaria que la madre establece con su hijo y se materializa en el sostén concreto que sus brazos le proporcionan. La repetición transferencial puede materializarse en el ambiente analítico, el diván, los cojines, la iluminación, la temperatura, que encarnan el cuidado ambiental, el sostenimiento, el manipuleo o el handling. La actitud analítica se traduce en la capacidad para sostener al paciente, de proveerle confianza y seguridad (Painceira, 1997).

Con la capacidad de hacer uso del analista, se trata que el paciente despliegue su subjetividad, sin temor a los efectos que puede generar su potencial destructivo. Para Winnicott, el análisis levanta un telón de fondo para la destrucción inconsciente del analista y éste sobrevive a ello o, de lo contrario, se halla frente a otro análisis interminable. Para ilustrarlo, al describir el caso de un paciente psicótico, refiere que catorce años después de finalizado el tratamiento, Winnicott le pregunta cómo ha estado desde entonces, a lo que responde contándole sobre su vida personal, familiar y laboral. Winnicott le dice: “Me impresiona la forma en que usted usó su vida en vez de estar en psicoterapia perpetua. Tal vez eso es la vida” (Winnicott, 1966).

La clínica winnicotiana toma como referencia la experiencia relacional de la madre con el bebé e implica un recorrido: de la “relación de objeto” al “uso del objeto”, con la constitución del objeto transicional como mediador. El paciente llega a ser, al cabo del análisis, lo más parecido a lo que hubiera llegado a ser si el medio no hubiera alterado su desarrollo. El análisis winnicottiano está sostenido en la capacidad de vivir y ser uno mismo a través de la experiencia de descubrimiento de lo verdadero, lo auténtico, lo espontáneo y lo vital como resultado de un pasaje por una instancia de alteridad que, además, debe sobrevivir a su destrucción. La destrucción es lo que permite el pasaje de la relación al uso. La fantasía de que potencialmente se puede destruir al objeto se contrarresta con que el objeto sobreviva (Painceira, 1997).

El analista introduce una diferencia negativa, un pasaje por la alteridad, cierta sorpresa de estar donde no se le esperaba, cuando incluso esa presencia puede implicar ausentarse: El juego de presencia-ausencia, eje fundamental para la simbolización. El análisis, en palabras de Winnicott, es el ámbito ubicado en tiempo y espacio precisos para que el paciente se sorprenda de sí mismo. No hay modo de llegar a ser uno mismo, si no hay una presencia humana que hospede semejante desafío (Painceira, 1997). Sin embargo, hay que saber de qué modo estar ya que no es el conocimiento intelectual proporcionado por otra persona y aceptado a veces por sumisión, sino el júbilo que produce el hallazgo lo que permite el descubrimiento de sí mismo.

Para Winnicott, el diagnóstico clínico no se establece en función de lo normal versus lo patológico, sino entre la salud versus la enfermedad. La salud posibilita la creatividad y la invención de la propia vida en un mundo compartido por otros. Desde su perspectiva, los conflictos existen y un indicador de salud es la sensación de la continuidad en la propia experiencia del ser. El hombre, según Winnicott, es alguien dotado de una naturaleza, que debe desplegarse con todas sus potencialidades a lo largo de la vida, y la enfermedad es una perturbación de ese despliegue, que hace que el hombre termine no siendo el que debió ser.

Los pacientes, al acudir a análisis, se encuentran despersonalizados, en un estado de futilidad y de irrealidad. Algunos de ellos pueden hacer alusión a las corazas defensivas que los protegen de una nueva vulnerabilidad, aunque por lo general se encuentran a solas con su yo auténtico, escondido, oculto, expectante a ser develado, mientras el falso self da lugar a una existencia falsa y artificial. Para Winnicott, la problemática que todo paciente lleva a su tratamiento implica asuntos referidos a su propia existencia. El analista debe darle un lugar privilegiado a esa escucha ya que, en muchos casos, el análisis es la primera oportunidad que tiene una persona de comunicarse auténticamente.

Green, al hacer uso de la teoría winnicottiana, retoma el concepto de “objeto transicional” para analizar la cualidad de “lo negativo” en sus postulados. El objeto transicional, al ser definido como <<posesión no-yo>> representa lo negativo del yo, privándolo de las connotaciones que comúnmente se le atribuyen al objeto, ya sea como el que satisface una necesidad o un deseo, ya sea como un objeto fantaseado.

Cuando la madre se ausenta durante un tiempo superior a cierto límite, la representación interna se borra, conllevando a una desinvestidura de objeto y que los fenómenos transicionales pierdan progresivamente toda significación. Green relaciona la desaparición de la representación interna de la madre con la representación interior de “lo negativo”, se trata de <<una representación de la ausencia de representación>> que se expresa en términos de una alucinación negativa o en el terreno del afecto en términos de vacío, futilidad o pérdida de sentido.

La alucinación negativa es un mecanismo psíquico que remite a dos categorías: “lo alucinatorio” y “lo negativo”. Tiene relaciones con la percepción y con la representación inconsciente. La alucinación positiva remite a una percepción sin objeto; en cambio, la alucinación negativa corresponde a la no percepción de un objeto. De este modo, guarda relación con otras defensas como la escisión, la negación y la represión.

En el contexto de la teoría de Winnicott, Green plantea que para dar cuenta de los aspectos normales o “positivos” de la relación madre-hijo, se puede considerar la importancia del “holding”. Así, cuando interviene la separación, la representación de la madre puede ser suspendida y reemplazada por otros sustitutos. El más importante de éstos es la construcción introyectada de una estructura enmarcante o encuadrante análoga a los brazos de la madre, capaz de soportar la ausencia de la representación. El análisis, en ese sentido, puede ofrecer ese marco.

Para Winnicott, el análisis es la superposición de dos zonas de juego. No es que el analista juegue su propio juego, sino que juega con el juego del paciente. Es el jugar, y no el juego, lo que describe como una zona de experiencias que involucran tiempo y espacio. Pero sobre todo, la aceptación de una zona que no es interna, ni tampoco externa, sino que se encuentra en un espacio intermedio (transicional) fuera del dominio mágico y fuera de la zona de los fenómenos subjetivos (en tanto fenómenos de omnipotencia), dando lugar al encuentro con la creatividad. Por eso jugar no solo es “desear” o “pensar”, sino también “hacer”. El análisis es un acto en donde dos juegan.

Winnicott se pregunta: ¿Cómo es posible la experiencia del juego? ¿Cómo se accede al juego? ¿Por qué se juega? ¿Para qué sirve el juego? El juego tiene una función constituyente para el sujeto y el tratamiento no es pensado en términos de superación de etapas, sino de adquisición de experiencias (Bareiro, 2012).

Winnicott, a lo largo de su obra, denuncia el problema del saber en el psicoanálisis ¿quién sabe? ¿Qué se sabe? ¿Quién se cree que sabe? El uso del objeto no puede traducirse en la expectativa de que el paciente tome al analista como medida de una realidad a la cual identificarse. “El analista puede ser un buen artista, pero a menudo me he hecho la siguiente pregunta: ¿A qué paciente le interesa ser el poema o el cuadro de otra persona?” (Winnicott, 1954).

La clínica winnicottiana apuesta a lo subjetivo de cada caso y se funda en un análisis orientado hacia la desalienación y la búsqueda de la singularidad, antes que el acatamiento y la impostura. El paciente que ha alcanzado un estado de profunda regresión no podrá tener un nuevo comienzo si es dejado caer por su analista o si éste impone su propio marco de sostén. Se trata de que el mismo paciente construya el saber en tanto acto creador, o como modo de percibir la condición de estar vivo: “Yo estoy, estoy vivo, son yo mismo” (Painceira, 1997).

Winnicott destaca una actitud no retaliativa por parte del analista ante la destructividad del paciente, aunque en ocasiones puede confrontarlo para otorgar un marco y un ambiente contenedor. Hace, además, sus formulaciones con un cierto tono humorístico para causar perplejidad en el paciente que le permita confrontarse con su acto, aunque sin culpabilizarlo.

Al respecto, en el contexto de los niños con conductas antisociales, asocia la delincuencia con un estado de deprivación. Un niño se convierte en un “niño deprivado” cuando se le priva de ciertas características de la vida hogareña, dando lugar a que manifieste una conducta antisocial en el hogar o fuera de él. La tendencia antisocial puede conducirlo a ser considerado un inadaptado social o un ingobernable, y ponerlo bajo tratamiento de un albergue o de la Justicia. Mediante esta conducta antisocial compele a alguien del ambiente a ocuparse de su manejo: “El niño cuyo hogar no logra darle un sentimiento de seguridad busca las cuatro paredes fuera de su hogar; todavía abriga esperanzas, y apela a los abuelos, tíos y tías, amigos de la familia, la escuela. Busca una estabilidad externa sin la cual puede perder la razón” (Winnicott, 1984, p. 139).

Winnicott plantea que, en los casos de deprivación, el niño ha perdido algo bueno que, hasta una fecha determinada, ejerció un efecto positivo sobre su experiencia y que le ha sido quitado. El despojo ha persistido por un tiempo tan prolongado que el niño ya no puede mantener vivo el recuerdo de la experiencia vivida. Un niño antisocial puede mejorar aparentemente bajo un manejo firme, pero si se le otorga libertad no tarda en sentir la amenaza de la locura, de modo que vuelve a atacar a la sociedad con el fin de restablecer el control exterior.

Si bien Winnicott hace uso de la interpretación, le otorga un sentido significativamente distinto al otorgado por el psicoanálisis clásico. Su interés no es develar contenidos inconscientes, sino, en lo fundamental, interpretar con el fin de que el paciente conozca los límites de la comprensión del analista. Si no se interpreta, el paciente puede tener la impresión de que el analista lo sabe todo. Para Winnicott, en el análisis uno se pregunta, cuánto puede permitirse hacer. Y, en contraste, en su clínica el lema es hacer lo mínimo necesario. No se trata de convertirse en el centro de la situación, sino de ubicarse desde la periferia para que el otro advenga creador de sí mismo.

Para Winnicott, el analista dispone de la teoría cuando se interna en el terreno desconocido que conlleva un nuevo caso. La teoría, dice, constituye una parte de su ser, a la que ni siquiera tiene que recurrir de manera deliberada. Respecto a la técnica, refiere que es preferible que un analista haya aprendido su técnica a tal extremo que pueda olvidarse de ella. En el trabajo analítico parte en gran medida de su ego corporal, realizando su labor con un esfuerzo ligero pero consciente; las ideas y los sentimientos acuden a su mente pero los somete a un riguroso examen y selección antes de proceder a la interpretación.

En suma, la orientación de la cura se constituye en la capacidad del paciente para jugar a solas en presencia de su analista, concepción del fin de análisis en la clínica winnicotiana. Winnicott planteó “Primero ser, para luego hacer”, sugiriendo con ello que a partir del desarrollo auténtico y verdadero del yo, se adquiere la capacidad de juego, como función constituyente del sujeto y con ello la posibilidad del acto creativo: “el hacer que nace del ser”. Para Winnicott, todo analista debe aspirar a ser olvidado ya que, en suma, el paciente mismo alcanza a saber que la vida es la terapia que tiene sentido.



Referencias

Bareiro, J. (2012). Clínica del uso de objeto: La posición del analista en la obra de D.W. Winnicott. Letra viva: Argentina

Green, A. (2005). Jugar con Winnicott. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Painceira, A. (1997). Clínica psicoanalítica: A partir de la obra de Winnicott. Lumen: Argentina

Winnicott (1954). Aspectos metapsicológicos y clínicos de la regresión dentro del marco psicoanalítico. En Escritos de Pedriatría y Psicoanálisis. Paidós: España

Winnicott (1966). Sostén e interpretación. Paidós: España.

Winnicott (1971). Realidad y juego. Gedisa: España.

Winnicott (1984). Deprivación y delincuencia. Paidós: Argentina.






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