lunes, 22 de julio de 2019

El dolor es sordo... y ensordecedor: Reseña de libro


 
Por Karla Rodríguez Escenaro

De manera muy sensible la terapeuta Laura Molet nos lleva por las sendas del dolor visto desde diferentes perspectivas, el abuso es una de ellas y el cáncer es otra de ellas, nos enseña cómo en ambos casos terapeuta y paciente deben hacer presente al dolor y al sufrimiento, que habite la intimidad del análisis, para ser escuchado con coraje y entonces darle un reconocimiento que dignifique a la persona. Con este libro la autora nos enseña de manera clara cómo al dolor y al sufrimiento hay que sentarlo en el sillón y darle voz




jueves, 11 de julio de 2019

1er. Webinario AMPPR-IARPP Capítulo México Contemporáneo: Apego y resiliencia en la familia homoparental


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Roberto Vargas Arreola 



Introducción

Las homoparentalidades son organizaciones familiares emergentes en nuestros días, atravesadas por posturas polémicas y divergentes. Las opiniones más conservadoras aluden a que el matrimonio y la adopción de hijos por parte de parejas homosexuales repercuten psicológicamente en el niño, en específico, en su orientación de género u orientación sexual. Posturas más liberales muestran con, sustento científico, que no existe ninguna precondición en la homoparentalidad que repercuta en esta orientación y por el contrario, padres homosexuales pueden ser respetuosos con la crianza y educación de sus hijos, manifestando compromiso, amor y entrega en sus funciones parentales. En las encrucijadas de este asunto polémico, se considera que el psicoanálisis relacional pueden aportar elementos cruciales que permitan una mayor comprensión y análisis del acontecer de estos padres e hijos, que disminuya las perspectivas prejuiciosas, punitivas y estigmatizadas de esta elección y promueva el reconocimiento de prácticas diferentes a las convencionales.

Por ello, se propone analizar el vínculo en el ejercicio parental de padres adoptivos que han formado una familia homoparental con el fin de estudiar los elementos interaccionales encaminados a establecer un apego seguro con sus hijos y a desarrollar habilidades resilientes. Se considera que si una investigación se enfoca en describir las relaciones, en lugar de interpretar datos psicopatológicos, tiene oportunidad de descubrir los recursos y no solo los déficits de estas familias, en un tiempo donde se requiere mayor respeto a la diversidad en todos los ámbitos de la vida pública.

El interés está centrado en estudiar las particularidades de esta organización familiar, a diferencia de la búsqueda por homologarla con la familia tradicional. Al estudiar los aspectos particulares es probable que se obtengan hallazgos importantes en el reconocimiento de sus diferencias.



Las familias homoparentales

Las familias homoparentales son aquellas cuyas figuras parentales están conformadas por personas del mismo sexo. El término abarca a parejas homosexuales (gays y lesbianas) que, como pareja, acceden a la maternidad o paternidad; así como a las familias constituidas por una pareja homosexual que educa y vive con los hijos de alguno de sus miembros, producto de una relación heterosexual previa. En nuestro país, desde el ámbito jurídico, las parejas del mismo sexo conviven bajo diversas legislaciones. Sin embargo, en 2016, la Suprema Corte avaló la adopción homoparental a nivel nacional.

De acuerdo al Censo de Población y Vivienda del 2010, seis de cada mil hogares en el país están conformados por parejas homosexuales y tres cuartas partes de las familias homosexuales en el país tienen hijos, siendo más frecuente en las parejas lésbicas. Para Angulo, Granados y González (2014), las familias conformadas por gays y lesbianas han existido desde hace mucho tiempo, antes de que se legalizara el matrimonio entre personas del mismo sexo. Con el reconocimiento legal y los derechos garantizados, estas familias han tenido más visibilidad y más herramientas para exigir sus derechos.

No obstante, a pesar de ello, la última encuesta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación publicó que uno de cada dos homosexuales refiere ser discriminado. 16.7% de las mujeres lesbianas y 10.6% de los hombres homosexuales han percibido rechazo en los servicios de salud. De 2,362 parejas casadas hasta marzo de 2013, según datos del gobierno capitalino, sólo 22 consiguieron registrarse en los servicios de seguridad social, tras interponer un amparo. Con ello se declara una violencia institucional en el país, ya que las autoridades federales se han negado a hacer las modificaciones correspondientes a la ley para garantizar a todos los matrimonios el derecho a la seguridad social (Angulo, Granados y González, 2014).

Si bien los ordenamientos que protegen el derecho a una familia, aun cuando ésta sea homoparental, están legislados, en opinión de Fernández (2014), esta familia aún no goza del reconocimiento social, despertando una clara desconfianza en el planteamiento de que parejas homosexuales obtengan el derecho de criar y educar a hijos e hijas. Esta controversia ha dado lugar a una guerra cultural entre grupos conservadores y liberales. Por un lado, los primeros niegan el derecho de las parejas homosexuales a tener hijos, establecen que las figuras materna y paterna son necesarias para formar la identidad de género del niño, argumentando que la falta de un padre o madre puede originar graves trastornos de la personalidad e incluso una orientación homosexual en el menor (Fernández, 2014). Por otro lado, los segundos argumentan que no existe una relación directa entre ser criado en una familia homoparental y presentar algún trastorno en la identidad sexual o de género.

Angulo, Granados y González (2014) desde una postura crítica y apoyada en los testimonios de padres homosexuales, sostienen que las familias homoparentales tienen considerables fortalezas frente algunas familias heteroparentales, por ejemplo, en estas familias se establecen patrones más igualitarios en la distribución de los tiempos y las responsabilidades en el hogar y con los hijos. Numerosos estudios de expertos, así como la Asociación Americana de Psicología, de Psiquiatría, de Pediatría y de Psicoanálisis han asegurado que la sexualidad de los padres y madres no tiene efectos perjudiciales en la salud y el desarrollo de los hijos (Angulo, Granados y González, 2014).

En nuestro país, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM, 2010), en específico el Seminario de Ética y Bioética de la Facultad de Filosofía y Letras, sostiene que no existen razones objetivas, ni científicamente fundadas, para conjeturar riesgos en los menores criados y/o adoptados por parejas homosexuales. En comparación con las parejas heterosexuales no existen diferencias significativas en los efectos psicosociales de estos niños. Tanto las familias heteroparentales como las homoparentales pueden ofrecer condiciones adecuadas para criar, cuidar y educar a niños en calidad de orfandad o abandono.

Asimismo, la UNAM (2010) refiere que el matrimonio, así como la familia son instituciones sociales que han evolucionado en el transcurso de la historia. La Ley debe reconocer y regular la diversidad de organizaciones familiares, así como las distintas funciones del matrimonio. En su opinión, es inaceptable que se difunda una definición rígida y sustancial de la familia o del matrimonio. El hecho de que tradicionalmente las familias y los matrimonios hayan sido heterosexuales, no implica que el Estado actual se absuelva del reconocimiento y protección legal de las uniones y la adopción por parte de personas del mismo sexo.

La UNAM (2010) concluye, como lo demuestran otras investigaciones internacionales, que la legalización del matrimonio homosexual y la adopción homoparental puede tener un efecto favorable en fortalecer la pluralidad social y la integración definitiva de las personas homosexuales en todos los ámbitos, en favorecer la aceptación y el reconocimiento de sus derechos y en reducir la intolerancia, a partir de la penalización de los actos de discriminación, violencia y segregación homofóbica.

Desde la postura del presente ensayo se considera que el vínculo que se sostiene en el ejercicio parental de padres adoptivos que han formado una familia homoparental puede ser orientado desde la psicoterapia hacia diferentes metas, entre ellas:

1)      La resiliencia de los padres para afrontar las adversidades derivadas de la crítica y la desconfianza de algunos sectores de la sociedad.

Desde el punto de vista relacional, ciertos grupos sociales representan lo rechazado o repudiado por la sociedad y la cultura, son sujetos de proyecciones negativas y contenidos repudiados e inaceptables que se necesitan evacuar a través de mecanismos  de desapropiación subjetiva. Así, los homosexuales, las mujeres, los indígenas, los judíos, los negros, entre otros, han fungido como receptáculos de odio y desprecio hacia lo diferente ya que contrapuntea la fragilidad de la identidad.

Sin embargo, existe una diferencia notable entre ser destinatario de estas proyecciones e identificarse con éstas. Si una familia homoparental evita permearse de estas proyecciones sin actuarlas, sin defenderse violentamente, sin aceptarlas con pasividad, deja claro que “el loco” es quien las emite, facultando el proceso de asumir la responsabilidad en aquello que proyecta.

Es un proceso equivalente a la corresponsabilidad que promueve el terapeuta familiar ante las proyecciones emitidas en el paciente identificado cuando refiere: ¿Qué no es el sistema en su conjunto el que está enfermo?



2)      La reafirmación del deseo de ejercer la paternidad o maternidad por encima de cualquier reafirmación narcisista o de la búsqueda de reivindicación de sus derechos civiles.

Asumirse padre es acceder a una función de legitimar a un hijo, nombrarlo, reconocerlo, inscribir en él una historia que le dará identidad, pertenencia, sostén y de la que en algún momento se podrá desprender. Ser padre implica un compromiso psíquico con la otredad, una cierta renuncia a la satisfacción narcisista, una capacidad para asumir una función fundamental en relación con los descendientes.

La paternidad y la maternidad no son condiciones naturales de ser hombre o mujer. El ejercicio de ser padre remite a construcciones sociales, históricas y políticas de la subjetividad humana, donde no hay dependencia con alguna noción naturalista o de orden biológico.

Para algunos homosexuales, adoptar hijos puede estar motivado a reafirmaciones narcisistas o de búsqueda de reivindicar derechos civiles, sin embargo, cuando estas motivaciones ocupan el primer plano queda en duda si el deseo está orientado a ser padres o a tener un hijo (en el sentido de poseer), que no es lo mismo. La diferencia estriba en el grado de compromiso afectivo para otorgar un lugar psíquico a otro ser por encima de la búsqueda por satisfacer necesidades narcisistas.



3)      El reconocimiento y respeto de los derechos del niño como un ser completo, íntegro e independiente a la pareja de padres.

El artículo 4° establece que los niños y niñas tienen el derecho a la satisfacción de las necesidades de alimentación, salud, educación y sano esparcimiento para su desarrollo integral que, sus ascendientes, tutores o custodios deben preservar. Los derechos de los menores sujetos a adopción, se encuentran en posición prevalente frente al interés del adoptante o adoptantes. Asimismo, considera que la orientación sexual de la persona o la pareja no es en sí mismo un hecho nocivo para el desarrollo de un menor. El interés superior de éste permite delimitar el universo de posibles adoptantes, sobre la base de que ofrezcan las condiciones necesarias para el cuidado y desarrollo del menor, establecidas en la ley. La autoridad aplicadora evaluará y decidirá lo que represente su mejor opción de vida, ya que sostener que las familias homoparentales no satisfacen este esquema implicaría utilizar un razonamiento constitucionalmente contrario a los intereses de los menores que, en razón del derecho a una familia, debe protegerse (Fernández, 2014).



4)      La consolidación de un apego seguro en la familia como una forma de vincularse afectivamente con su hijo.

Bowlby (1976) desarrolló la teoría del apego, la cual describe el efecto que producen las experiencias tempranas y la relación con la primera figura vincular en el desarrollo del niño. Para el autor, la capacidad de resiliencia frente a eventos estresantes es influida por el patrón de apego o el vínculo que los individuos desarrollan durante las primeras experiencias con su cuidador, que generalmente es la madre, pero puede ser otra persona. El desarrollo del apego es fundamental ya que a través de este vínculo, el niño adquiere la seguridad para explorar y aprender de su entorno y de él mismo, desarrollando el altruismo, la generosidad y la empatía.

En el caso de familias homoparentales, el vínculo seguro permitirá que padres e hijos puedan afirmarse en su entorno y desarrollar la capacidad de asumir su situación de vida con firmeza y seguridad, a pesar de encontrarse al margen de las prácticas heteronormativas



5)      El reconocimiento de las diferencias y particularidades que tienen como familia en comparación con otras organizaciones familiares, no viviéndolas como una desventaja, sino como una oportunidad diferente de desarrollo.



En nuestros tiempos es difícil determinar los sujetos que pertenecen a una mayoría o a una minoría. Son tantas las condiciones que nos constituyen (y constriñen) que en algunos aspectos nos ajustamos a los parámetros sociales esperados, mientras que en otros somos ajenos y vulnerables a posibles actos de rechazo y discriminación. Si se logra afirmar este supuesto, los beneficiaros de aceptar y reconocer las diferencias en las organizaciones familiares podrían ser hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, padres biológicos o adoptivos, personas que se identifican con su rol de género (cisgénero) o que no (transgénero), que ejercen su función parental solos o en pareja, que provienen de relaciones truncadas por el divorcio y están inmersas en otra relación, que han accedido a la parentalidad por métodos de reproducción asistida, entre otras diversidades familiares que, en suma, están buscando dar un estatuto social a las familias no tradicionales, lejos de patologizarlas por el simple hecho de ser diferentes.

En mi perspectiva, es necesario dejar atrás la idealización que algunos estratos sociales aún sostienen sobre la familia nuclear o tradicional. Efectuada esta transición, no se trataría de ajustarse a la norma, sino de encontrar las diferencias que singularizan la estructura y funcionamiento de una familia homoparental. Milan Kundera decía: “Toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anexo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad; con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de descontentos, hasta que las magnitudes se invierten”. Estamos a la espera de que ese momento nos alcance.




Referencias

Angulo, Granados y González (2014, abril). Experiencias de familias homoparentales con profesionales de la psicología en México, Distrito Federal. Una aproximación cualitativa. Cuicuilco. Vol. 21, No. 59. Recuperado de: http://www.redalyc.org/pdf/351/35131858010.pdf

Bowlby, J. El apego. El apego y la pérdida I. Paidós: España.

Cyrulnik, B. (2002). Los patitos feos. La resiliencia: Una infancia infeliz no determina la vida. Gedisa: España.

Fernández, M. (2014, enero). Nuevas realidades en torno a la familia: Familias homoparentales y adopción. Divulgare: Boletín Científico de la Escuela Superior de Actopan, vol. 1, no. 1.  Recuperado de: https://www.uaeh.edu.mx/scige/boletin/actopan/n1/index.html

OMS (2004). Promoción de la salud mental: Conceptos, evidencia emergente práctica. Ginebra: Organización Mundial de la Salud. Recuperado de: http://www.who.int/mental_health/evidence .

UNAM (2010, 31 de mayo). Opinión sobre la reforma al Código Civil del Distrito Federal (artículos 146 y 391) para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo y la acción de inconstitucionalidad que interpuso la Procuraduría General de la República ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Seminario de Investigación de Ética y Bioética. Recuperado de: http://www.bioetica.unam.mx/assets/matrimonios.pdf




lunes, 1 de julio de 2019

“Primero ser, para luego hacer”: La orientación de la cura en la técnica psicoanalítica winnicottiana



Roberto Vargas Arreola



La clínica psicoanalítica supone una posición del analista, una elaboración del acto analítico o, dicho de otro modo, una ética (Bareiro, 2012). Winnicott, al respecto, ha sido reconocido por su forma original de trabajar con sus pacientes. Sus formulaciones han sido repensadas en el psicoanálisis contemporáneo y trascendido entre las generaciones de analistas. Aunque tiene una formación médica como pediatra y psiquiatra infantil, su actividad clínica fue principalmente como psicoanalista. Se entusiasmó en sus inicios con la lectura de “La interpretación de los sueños” y supervisó durante seis años con Melanie Klein. En la década de los cuarenta comenzó a desarrollar sus propias aportaciones, consideradas de gran riqueza en el campo de la clínica y en particular, en la orientación de la cura y la posición del analista.

En la clínica winnicottiana, el paciente usa al analista para curarse. Se interroga sobre cómo y para qué usar a su analista, así como al inicio de la vida el bebé se pregunta de qué modo puede usar a su madre y luego al entorno para descubrir de manera creativa la realidad externa. En esta premisa establece una analogía entre los brazos que sostienen el encuadre psicoanalítico y los brazos de la madre. Bajo estas condiciones, se inicia un desarrollo auténtico y vital, que da lugar al nacimiento de un verdadero self. Éste se despliega espontáneamente de dentro hacia afuera, y el medio no es su modelador, sino su facilitador (Painceira, 1997).

El self para Winnicott no es lo mismo que el yo, equivaldría mejor a la noción de “ser” o “persona”, su fuente es el cuerpo. El self verdadero emana de la vida, de los tejidos corporales, de la respiración y los latidos cardiacos. Es la fuente vital del desarrollo, de donde emana el gesto espontáneo y la creatividad (Painceira, 1997).

Para Winnicott, el holding, a los comienzos de la vida, está constituido por el vínculo de identificación primaria que la madre establece con su hijo y se materializa en el sostén concreto que sus brazos le proporcionan. La repetición transferencial puede materializarse en el ambiente analítico, el diván, los cojines, la iluminación, la temperatura, que encarnan el cuidado ambiental, el sostenimiento, el manipuleo o el handling. La actitud analítica se traduce en la capacidad para sostener al paciente, de proveerle confianza y seguridad (Painceira, 1997).

Con la capacidad de hacer uso del analista, se trata que el paciente despliegue su subjetividad, sin temor a los efectos que puede generar su potencial destructivo. Para Winnicott, el análisis levanta un telón de fondo para la destrucción inconsciente del analista y éste sobrevive a ello o, de lo contrario, se halla frente a otro análisis interminable. Para ilustrarlo, al describir el caso de un paciente psicótico, refiere que catorce años después de finalizado el tratamiento, Winnicott le pregunta cómo ha estado desde entonces, a lo que responde contándole sobre su vida personal, familiar y laboral. Winnicott le dice: “Me impresiona la forma en que usted usó su vida en vez de estar en psicoterapia perpetua. Tal vez eso es la vida” (Winnicott, 1966).

La clínica winnicotiana toma como referencia la experiencia relacional de la madre con el bebé e implica un recorrido: de la “relación de objeto” al “uso del objeto”, con la constitución del objeto transicional como mediador. El paciente llega a ser, al cabo del análisis, lo más parecido a lo que hubiera llegado a ser si el medio no hubiera alterado su desarrollo. El análisis winnicottiano está sostenido en la capacidad de vivir y ser uno mismo a través de la experiencia de descubrimiento de lo verdadero, lo auténtico, lo espontáneo y lo vital como resultado de un pasaje por una instancia de alteridad que, además, debe sobrevivir a su destrucción. La destrucción es lo que permite el pasaje de la relación al uso. La fantasía de que potencialmente se puede destruir al objeto se contrarresta con que el objeto sobreviva (Painceira, 1997).

El analista introduce una diferencia negativa, un pasaje por la alteridad, cierta sorpresa de estar donde no se le esperaba, cuando incluso esa presencia puede implicar ausentarse: El juego de presencia-ausencia, eje fundamental para la simbolización. El análisis, en palabras de Winnicott, es el ámbito ubicado en tiempo y espacio precisos para que el paciente se sorprenda de sí mismo. No hay modo de llegar a ser uno mismo, si no hay una presencia humana que hospede semejante desafío (Painceira, 1997). Sin embargo, hay que saber de qué modo estar ya que no es el conocimiento intelectual proporcionado por otra persona y aceptado a veces por sumisión, sino el júbilo que produce el hallazgo lo que permite el descubrimiento de sí mismo.

Para Winnicott, el diagnóstico clínico no se establece en función de lo normal versus lo patológico, sino entre la salud versus la enfermedad. La salud posibilita la creatividad y la invención de la propia vida en un mundo compartido por otros. Desde su perspectiva, los conflictos existen y un indicador de salud es la sensación de la continuidad en la propia experiencia del ser. El hombre, según Winnicott, es alguien dotado de una naturaleza, que debe desplegarse con todas sus potencialidades a lo largo de la vida, y la enfermedad es una perturbación de ese despliegue, que hace que el hombre termine no siendo el que debió ser.

Los pacientes, al acudir a análisis, se encuentran despersonalizados, en un estado de futilidad y de irrealidad. Algunos de ellos pueden hacer alusión a las corazas defensivas que los protegen de una nueva vulnerabilidad, aunque por lo general se encuentran a solas con su yo auténtico, escondido, oculto, expectante a ser develado, mientras el falso self da lugar a una existencia falsa y artificial. Para Winnicott, la problemática que todo paciente lleva a su tratamiento implica asuntos referidos a su propia existencia. El analista debe darle un lugar privilegiado a esa escucha ya que, en muchos casos, el análisis es la primera oportunidad que tiene una persona de comunicarse auténticamente.

Green, al hacer uso de la teoría winnicottiana, retoma el concepto de “objeto transicional” para analizar la cualidad de “lo negativo” en sus postulados. El objeto transicional, al ser definido como <<posesión no-yo>> representa lo negativo del yo, privándolo de las connotaciones que comúnmente se le atribuyen al objeto, ya sea como el que satisface una necesidad o un deseo, ya sea como un objeto fantaseado.

Cuando la madre se ausenta durante un tiempo superior a cierto límite, la representación interna se borra, conllevando a una desinvestidura de objeto y que los fenómenos transicionales pierdan progresivamente toda significación. Green relaciona la desaparición de la representación interna de la madre con la representación interior de “lo negativo”, se trata de <<una representación de la ausencia de representación>> que se expresa en términos de una alucinación negativa o en el terreno del afecto en términos de vacío, futilidad o pérdida de sentido.

La alucinación negativa es un mecanismo psíquico que remite a dos categorías: “lo alucinatorio” y “lo negativo”. Tiene relaciones con la percepción y con la representación inconsciente. La alucinación positiva remite a una percepción sin objeto; en cambio, la alucinación negativa corresponde a la no percepción de un objeto. De este modo, guarda relación con otras defensas como la escisión, la negación y la represión.

En el contexto de la teoría de Winnicott, Green plantea que para dar cuenta de los aspectos normales o “positivos” de la relación madre-hijo, se puede considerar la importancia del “holding”. Así, cuando interviene la separación, la representación de la madre puede ser suspendida y reemplazada por otros sustitutos. El más importante de éstos es la construcción introyectada de una estructura enmarcante o encuadrante análoga a los brazos de la madre, capaz de soportar la ausencia de la representación. El análisis, en ese sentido, puede ofrecer ese marco.

Para Winnicott, el análisis es la superposición de dos zonas de juego. No es que el analista juegue su propio juego, sino que juega con el juego del paciente. Es el jugar, y no el juego, lo que describe como una zona de experiencias que involucran tiempo y espacio. Pero sobre todo, la aceptación de una zona que no es interna, ni tampoco externa, sino que se encuentra en un espacio intermedio (transicional) fuera del dominio mágico y fuera de la zona de los fenómenos subjetivos (en tanto fenómenos de omnipotencia), dando lugar al encuentro con la creatividad. Por eso jugar no solo es “desear” o “pensar”, sino también “hacer”. El análisis es un acto en donde dos juegan.

Winnicott se pregunta: ¿Cómo es posible la experiencia del juego? ¿Cómo se accede al juego? ¿Por qué se juega? ¿Para qué sirve el juego? El juego tiene una función constituyente para el sujeto y el tratamiento no es pensado en términos de superación de etapas, sino de adquisición de experiencias (Bareiro, 2012).

Winnicott, a lo largo de su obra, denuncia el problema del saber en el psicoanálisis ¿quién sabe? ¿Qué se sabe? ¿Quién se cree que sabe? El uso del objeto no puede traducirse en la expectativa de que el paciente tome al analista como medida de una realidad a la cual identificarse. “El analista puede ser un buen artista, pero a menudo me he hecho la siguiente pregunta: ¿A qué paciente le interesa ser el poema o el cuadro de otra persona?” (Winnicott, 1954).

La clínica winnicottiana apuesta a lo subjetivo de cada caso y se funda en un análisis orientado hacia la desalienación y la búsqueda de la singularidad, antes que el acatamiento y la impostura. El paciente que ha alcanzado un estado de profunda regresión no podrá tener un nuevo comienzo si es dejado caer por su analista o si éste impone su propio marco de sostén. Se trata de que el mismo paciente construya el saber en tanto acto creador, o como modo de percibir la condición de estar vivo: “Yo estoy, estoy vivo, son yo mismo” (Painceira, 1997).

Winnicott destaca una actitud no retaliativa por parte del analista ante la destructividad del paciente, aunque en ocasiones puede confrontarlo para otorgar un marco y un ambiente contenedor. Hace, además, sus formulaciones con un cierto tono humorístico para causar perplejidad en el paciente que le permita confrontarse con su acto, aunque sin culpabilizarlo.

Al respecto, en el contexto de los niños con conductas antisociales, asocia la delincuencia con un estado de deprivación. Un niño se convierte en un “niño deprivado” cuando se le priva de ciertas características de la vida hogareña, dando lugar a que manifieste una conducta antisocial en el hogar o fuera de él. La tendencia antisocial puede conducirlo a ser considerado un inadaptado social o un ingobernable, y ponerlo bajo tratamiento de un albergue o de la Justicia. Mediante esta conducta antisocial compele a alguien del ambiente a ocuparse de su manejo: “El niño cuyo hogar no logra darle un sentimiento de seguridad busca las cuatro paredes fuera de su hogar; todavía abriga esperanzas, y apela a los abuelos, tíos y tías, amigos de la familia, la escuela. Busca una estabilidad externa sin la cual puede perder la razón” (Winnicott, 1984, p. 139).

Winnicott plantea que, en los casos de deprivación, el niño ha perdido algo bueno que, hasta una fecha determinada, ejerció un efecto positivo sobre su experiencia y que le ha sido quitado. El despojo ha persistido por un tiempo tan prolongado que el niño ya no puede mantener vivo el recuerdo de la experiencia vivida. Un niño antisocial puede mejorar aparentemente bajo un manejo firme, pero si se le otorga libertad no tarda en sentir la amenaza de la locura, de modo que vuelve a atacar a la sociedad con el fin de restablecer el control exterior.

Si bien Winnicott hace uso de la interpretación, le otorga un sentido significativamente distinto al otorgado por el psicoanálisis clásico. Su interés no es develar contenidos inconscientes, sino, en lo fundamental, interpretar con el fin de que el paciente conozca los límites de la comprensión del analista. Si no se interpreta, el paciente puede tener la impresión de que el analista lo sabe todo. Para Winnicott, en el análisis uno se pregunta, cuánto puede permitirse hacer. Y, en contraste, en su clínica el lema es hacer lo mínimo necesario. No se trata de convertirse en el centro de la situación, sino de ubicarse desde la periferia para que el otro advenga creador de sí mismo.

Para Winnicott, el analista dispone de la teoría cuando se interna en el terreno desconocido que conlleva un nuevo caso. La teoría, dice, constituye una parte de su ser, a la que ni siquiera tiene que recurrir de manera deliberada. Respecto a la técnica, refiere que es preferible que un analista haya aprendido su técnica a tal extremo que pueda olvidarse de ella. En el trabajo analítico parte en gran medida de su ego corporal, realizando su labor con un esfuerzo ligero pero consciente; las ideas y los sentimientos acuden a su mente pero los somete a un riguroso examen y selección antes de proceder a la interpretación.

En suma, la orientación de la cura se constituye en la capacidad del paciente para jugar a solas en presencia de su analista, concepción del fin de análisis en la clínica winnicotiana. Winnicott planteó “Primero ser, para luego hacer”, sugiriendo con ello que a partir del desarrollo auténtico y verdadero del yo, se adquiere la capacidad de juego, como función constituyente del sujeto y con ello la posibilidad del acto creativo: “el hacer que nace del ser”. Para Winnicott, todo analista debe aspirar a ser olvidado ya que, en suma, el paciente mismo alcanza a saber que la vida es la terapia que tiene sentido.



Referencias

Bareiro, J. (2012). Clínica del uso de objeto: La posición del analista en la obra de D.W. Winnicott. Letra viva: Argentina

Green, A. (2005). Jugar con Winnicott. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Painceira, A. (1997). Clínica psicoanalítica: A partir de la obra de Winnicott. Lumen: Argentina

Winnicott (1954). Aspectos metapsicológicos y clínicos de la regresión dentro del marco psicoanalítico. En Escritos de Pedriatría y Psicoanálisis. Paidós: España

Winnicott (1966). Sostén e interpretación. Paidós: España.

Winnicott (1971). Realidad y juego. Gedisa: España.

Winnicott (1984). Deprivación y delincuencia. Paidós: Argentina.






sábado, 11 de mayo de 2019

Introducción a la teoría psicoanalítica de la intersubjetividad




Claudia Villanueva Kuri

Uno de los presupuestos antropológicos y epistemológicos con los que el psicoanálisis ha operado durante casi toda su existencia es que el ser humano es un ente cuya estructuración y cuyo comportamiento siguen una dinámica que es casi por completo resultado de las vicisitudes de sus procesos internos. Las pulsiones libidinal y agresiva, las fantasías inconscientes o las representaciones de los objetos internalizados han sido tratados por el psicoanálisis como los factores motivacionales que mayormente explican la estructuración y el comportamiento humanos. En este sentido, el ambiente externo y, en particular, la presencia de otras personas han sido relegados a un segundo plano, no porque no sean importantes o no hayan sido alguna vez reconocidos como influyentes, sino porque no son considerados como los factores explicativos suficientes o relevantes para entender las vicisitudes de la psique humana. Salvo algunas corrientes analíticas específicas, como las de Fairbairn, Winnicott y Kohut, casi todo el corpus analítico presupone que el ser humano es un ente que puede ser entendido y abordado como si fuera un sistema cerrado, el cual, aunque puede ser en cierto sentido influido por el medio externo, no es estructurado ni determinado por él y por tanto no se considera que el medio o los otros sean esenciales para comprender y tratar la psique humana. En este sentido, afirmaríamos que el psicoanálisis tiende a una visión solipsista del ser humano, la cual puede ser definida como la creencia de que solamente existe la vida psíquica de la persona, misma que no es sino producto de las vicisitudes de las pulsiones agresivas y libidinales o de las representaciones de las relaciones objetales cargadas de ambas o de alguna de las dos pulsiones. Según esta concepción, la presencia de los demás es secundaria y sólo es analizada o bien como objeto de descarga de la pulsión o en función de las representaciones objetales inconscientes.

Esta forma de entender al ser humano está, sin duda, en concordancia con la visión del sujeto que tenía la filosofía moderna, misma que nace con Descartes y que se prolonga en ciertas corrientes filosóficas hasta el s. XIX y principios del XX.  De acuerdo a las teorías prevalecientes en la época en que Freud se formó como médico, al ser humano habría que entenderlo de un modo positivista, de preferencia en función de las ciencias naturales, como la física, la biología o la medicina. Las incipientes ciencias sociales o del espíritu (como las llamaban sobre todo en alemán) carecían todavía del respeto de la comunidad científica y, por tanto, no iba de acuerdo a esos tiempos el concebir y sobre todo el tratar de explicar científicamente al ser humano como un ser social. Es por ello que, para Freud, el ser humano es un ente que se constituye y estructura motivado por procesos internos, de índole cuasi biológica, en los que poco o nada influye el medio externo.

Pero, ¿qué sucedió en el psicoanálisis cuando tanto desde el punto de vista teórico como desde el clínico los terapeutas empezaron a entender que había que dar cuenta de algún modo de la presencia e importancia del medio y de los otros en la constitución del ser humano? ¿Qué sucedió además cuando no sólo las ciencias sociales fueron ganando terreno y respeto, sino cuando además la misma biología fue entendiendo al ser humano y a otros animales como seres sociales?  En efecto, más pronto que tarde la comunidad psicoanalítica se percató de que el desarrollo de la personalidad de los pacientes y  de sus conflictos difícilmente se podían entender si no era tomando en cuenta el ambiente en el que crecía la persona y, en especial, a sus cuidadores.  Sin embargo,  como psicoanalistas, siempre se cuidaron mucho de no caer en una teoría ambientalista (según la cual la explicación última de los problemas de los pacientes residiría en el exterior), pues en ese momento dejarían de dedicarse al objeto de estudio del psicoanálisis que es, en definitiva, el mundo interno del ser humano. Existía entonces un reto que había que afrontar: cómo incorporar en la teoría al medio exterior sin caer en ambientalismos.  Esto significa cómo entender que los otros pueden influir en la constitución del mundo interno y cómo debemos entender esa influencia, sin que la explicación última de los fenómenos psicológicos resida en el exterior.  En otras palabras, cómo concebir que aunque algunos de estos fenómenos tienen su origen en el exterior, al final lo que importa es cómo se procesan y cómo se estructuran en el mundo interno de la persona.

Esta tarea no fue fácil y se fue sorteando de muchas maneras, pero lo cierto es que desde hace tiempo casi ningún analista ha dejado de tomar en cuenta la influencia de los otros seres humanos en el desarrollo de la persona. Ciertamente no todos lo han hecho del mismo modo, pues mientras que algunos le confieren gran importancia a la influencia del medio y de los cuidadores tempranos del infante, para otros el medio es sólo un factor digno de ser tomado en cuenta, pero no relevante a la hora de entender al sujeto. Además, aun aquéllos que consideran que los demás seres humanos son esenciales para entender a la persona mantienen diferencias entre sí. Es por ello que uno de los objetivos del presente trabajo es ir viendo cómo diferentes corrientes analíticas (las que consideramos más importantes para el tema) fueron incorporando al cuerpo teórico del psicoanálisis el factor de la influencia tanto del medio exterior como específicamente de los otros seres humanos en la constitución de la persona.  Sin embargo, el tema específico que más me gustaría tratar aquí es cómo se fue allanando el camino para que pudiera surgir la corriente psicoanalítica que, a mi gusto, mejor da cuenta de cómo los demás influyen en la constitución psicológica de la persona y, además, la que mejor supera la visión solipsista del sujeto, a saber, la corriente psicoanalítica de la intersubjetividad, representada por Robert Stolorow y George Atwood.

¿Por qué el interés en esta teoría? Antes de que yo empezara a estudiar psicoanálisis había hecho una licenciatura en filosofía y me había graduado con una tesis sobre hermenéutica, en la que, entre otras cosas, subrayaba la idea de que el conocimiento es un proceso en el que toman lugar no uno sino varios sujetos (reales o virtuales) y en el que no cabe hablar de una mente solipsista. En filosofía, el concepto de solipsismo queda definido como la creencia de que solamente existe uno mismo (oneself) y las propias experiencias (and one´s experiences) y esta idea es la consecuencia extrema de creer que el conocimiento está fundado en experiencias internas o en situaciones exclusivamente personales. Según esta concepción, la presencia real o virtual de los demás seres humanos no es necesaria ni para la construcción de la propia conciencia ni para fundamentar el conocimiento (éste sería producto de la conciencia propia, del “yo solo”). Pues bien, a diferencia de esta concepción, la idea de conocimiento y de razón de la que hablaba yo en esa tesis ya no era la de la Razón Pura (con mayúsculas) kantiana, ni era parte del Sujeto (con mayúscula) cartesiano, sino que era una razón dialógica en la que siempre estaba implicada la presencia de otro. El proceso de conocimiento ahí descrito tenía la estructura del diálogo y, evidentemente, un diálogo sólo se construye junto con alguien más. Las ideas de verdad, de comprobación, de corrección, entre otras instancias cognoscitivas, se explicaban entonces como producto de las relaciones comunicativas entre un yo y un tú y no como resultado de la investigación de una mente aislada con su objeto de estudio.   Aparte de presentar al proceso de conocimiento como el producto de varias subjetividades, también desarrollé en esa tesis algunas ideas que apuntaban al hecho de que el ser humano no se constituye solo, ni acaba teniendo una conciencia solipsista, ni desarrolla su razón en función exclusiva de sus procesos internos. La razón y la conciencia humanas se constituyen, según decía en mi tesis, gracias al lenguaje y éste a su vez, por tener una estructura que apunta a la comunicación, implica la presencia de otros sujetos. Así, el ser humano no sólo se hace a través de los otros (como ya se había aceptado desde Hegel), sino que además, por el hecho de ser un ser lingüístico, en su conciencia y en su estructura ontológica está implicada la presencia de otras subjetividades. 

Resumí en menos de una cuartilla una tesis de más de cien, pero espero que ahora se entienda hacia dónde voy en la investigación que ahora presento. Cuando ingresé al psicoanálisis yo sentía muy solo y mecánico al ser humano que me era descrito por mis maestros.  La visión de la persona que en un principio me era ahí transmitida era la de un sujeto para el que los demás son sólo objetos de descarga o figuras que pueden internalizarse, pero que siempre van a llevar la impronta de las pulsiones internas del individuo.  En este sentido, los demás eran un suceso meramente accidental, contingente, para la constitución del ser humano. Además, este ser humano obedecía mecánicamente a pulsiones biológicas, su psique era susceptible de ser entendida en función de cargas y descargas de energía y, en otro momento, su psique era dividida en instancias como el yo o el superyó, que parecían “cosas” más o menos delimitadas dentro de la mente.  Obviamente esta visión del ser humano fue cambiando un poco conforme se avanzaba en el estudio de la historia de las diferentes corrientes psicoanalíticas. Con Klein la mente se empezó a poblar de objetos, con Winnicott y Fairbairn las demás personas (en su caso los cuidadores del infante) comenzaron a tener valor, con Kernberg las unidades del inconsciente incluían al sujeto junto con el objeto, etcétera.  Pero aún así, yo sentía que seguía faltando algo. En primer lugar, faltaba quitarles a los otros la dimensión de “objetos” para el sujeto. Había que dotarlos de plena subjetividad y dejar la palabra objeto para referirse a cualquier otra cosa, pero no a las personas que forman parte del desarrollo y de la experiencia de vida del sujeto. En este sentido, había que empezar a hablar en psicoanálisis de fenómenos intersubjetivos y no de relaciones entre un sujeto y un objeto. En segundo lugar, había que entender de un modo más profundo la influencia de las otras subjetividades en la formación y estructuración del individuo. En particular me refiero a que la experiencia con otras personas no sólo deja su impronta (al estilo hegeliano), sino también que no existe forma alguna de entender ningún fenómeno psicológico a menos que sea en función del campo intersubjetivo en el cual aparece o del cual forma parte. En este sentido la presencia de los demás en la psique es estructurante y constante y no sólo una experiencia que en algún momento dejó una huella. En tercer lugar, había que quitar de la visión del ser humano a todas las “cosas” (yo, ello, superyó, objeto internalizado, etc.) que se le ponían en la mente y había que explicar los fenómenos que antes se querían explicar mediante esas “cosas” de un modo menos mecánico.

Hubo algunas corrientes psicoanalíticas que de alguna manera superaban o solucionaban algunos de estos planteamientos, pero sin duda la teoría psicoanalítica que más se acercaba a las ideas que yo tanto había defendido en mi tesis de licenciatura era, precisamente, la de Stolorow y Atwood.  Y es mi interés presentar en esta investigación las ventajas conceptuales que yo percibí en su teoría de la intersubjetividad. 

Una de las primeras es que en su investigación procuran explicar prácticamente todos los fenómenos psicológicos, y no sólo aquéllos que tienen que ver con el desarrollo de la personalidad o con el inicio del conflicto, desde la perspectiva de la intersubjetividad.  Incluso aquellos fenómenos que surgen dentro del propio tratamiento psicoanalítico, como la resistencia, la transferencia y la contratransferencia, son explicados no como productos de una mente aislada (la del paciente o la del analista), sino como resultado de la interacción que se da entre dos subjetividades. Tal vez su tesis más relevante en este sentido es que ni siquiera el inconsciente se estructura de una forma aislada. Ellos consideran que la idea de la mente aislada, con todo y el inconsciente, es un mito que ha prevalecido en occidente y cuya función es proteger al ser humano de un sentimiento de vulnerabilidad que se agudizaría si no existiera el mito. Contra la idea de la mente aislada, ellos proponen que los fenómenos psicológicos que vive cada individuo siempre son producto del interjuego entre el infante y sus cuidadores, o entre el paciente y el analista, esto es, siempre entre dos (o más) subjetividades.  En este sentido, se puede decir que la concepción antropológica que presentan supera completamente la mente solipsista de la que hemos venido hablando.

Una ventaja más es que con su teoría superan algunos de los presupuestos antropológicos y científicos que prevalecían en el s. XIX y que seguían presentes de algún modo en el psicoanálisis,  a pesar de que ciertas corrientes filosóficas del s. XX ya las habían rebasado.  A lo largo de la presentación de sus ideas iremos revisando algunos de ellos, pero a guisa de ejemplo sólo mencionaré los siguientes: a)  el presupuesto implícito (y en el que sin duda existe una petición de principio) de que el individuo efectivamente posee una mente aislada e impermeable a la influencia del medio y que sigue el curso de las vicisitudes propias de sus procesos internos (pulsiones, fantasías, etc.); b)  el presupuesto de que el inconsciente de cada paciente es un ente ya constituido, listo para ser analizado y descompuesto en sus partes (pulsiones, representaciones, estructuras, etc.) durante el tratamiento; c) el presupuesto de que el contenido y los elementos constitutivos de este ente ya formado (el inconsciente) pueden ser conocidos de manera objetiva y, en su caso, también de modo universal; d)  el presupuesto de que existe una “realidad objetiva”, también ya constituida, que el paciente ha distorsionado (movido ya sea por sus representaciones pulsionales o por sus fantasías inconscientes) y a la cual podrá eventualmente adaptarse. Todos estos presupuestos, que requerirían ser revisados a la luz de ciertas corrientes ontológicas y epistemológicas que los han puesto en cuestión, han sido criticados y superados en la teoría de Stolorow y Atwood.

Una tercera ventaja filosófica es que superan la tendencia a la reificación o a la cosificación de los términos que conforman la investigación psicoanalítica.  Más que hablar de un yo, de un superyó o de un objeto internalizado como si éstos existieran en forma de “cosas” en la mente del individuo, ellos hablan de experiencias que se van acumulando y que van conformando un sentido de moralidad (superyó) o un sentido de identidad y de constancia de uno mismo, pero que no culminan en la formación de una instancia psicológica, como el yo o el superyó.  Sustituyen entonces la cosificación por la idea de experiencias no estáticas y, por tanto, dejan de hablar de un ente ya hecho (“yo” o “superyó”) e introducen la idea de que se van teniendo experiencias que van constituyendo y transformando el mundo interno del individuo.  Dotan así al psicoanálisis de una visión menos mecanicista del ser humano. Ahora, éste ya no es un ser susceptible de ser entendido en términos físicos de cargas y descargas de energía, o descompuesto en sus partes psíquicas (ello, yo, superyó), sino que empieza a ser entendido en términos dinámicos de experiencias de vida.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Diálogos femeninos




Karla Rodríguez Escenaro

A través de nuestra historia existen diálogos que cruzan directamente de forma inconsciente las generaciones tanto de hombres como de mujeres. México no es la excepción. Una de las figuras más veneradas en nuestro país es la madre. Los diálogos heredados de madres a hijas son poco penetrables, tienen un peso y poder inimaginable en el desarrollo posterior de la niña como mujer independiente y en sus elecciones.

La madre en la cultura mexicana es un símbolo de poder y veneración. Desafiar sus enseñanzas y sus directrices puede resultar desolador, se puede dejar de pertenecer al núcleo esencial de la familia.  Es tan fuerte su nombre y su presencia que hay toda una cultura impregnada de la palabra madre, desde las groserías más hirientes, hasta las expresiones de gusto o disgusto cotidianas, incluso uno de los días más emblemáticos está concedido a ella, día en que prácticamente el país se une en la celebración de esta mítica figura y se paralizan las labores, es así que se puede afirmar que somos un país en donde la madre y su palabra están demasiado presentes.

¿Cómo se da origen a esta madre tan poderosa pero a la vez tan devastada como mujer? Octavio Paz en el Laberinto de la soledad hace una excelente descripción de lo que la historia ha hecho al nombre de la madre y a su cualidad como mujer.  Menciona: “La madre para los mexicanos históricamente ha sido la sufriente, la dolida, la que su origen como madre no fue goce sino sufrimiento, fue la “chingada”” (Paz, 1999), palabra que para el pueblo mexicano nombra en este caso abuso, violación, sometimiento. Las madres del México en la conquista fueron violadas, obligadas, sometidas, es así que la condición de mujer quedó impregnada con dolor, sufrimiento y nula satisfacción por el goce sexual o materno. Comenzó a ser comparada con el ideal religioso de la madre de cristo. Es desde entonces que la madre sufriente se levanta como una figura mítica llena de estas características sobresalientes. 

La mujer mexicana heredó como representación de lo femenino el resultado de la conquista, una mujer a la que se le enseña a no tener nombre propio, su identidad se construye a partir de los deseos de los demás, en donde su máxima realización será la maternidad, ser madre significará entonces ser pulcra, sin sexualidad, sin deseo, dependiente, sufriente, necesitada de un otro.  Queda poco espacio en la cultura para la mujer independiente, sexual, gozosa, que toma decisiones, que no quiere ser madre, esposa o pareja.

La construcción de nuestra subjetividad lleva enmarcada a la identidad, misma que en palabras de Lagarde (1998) describe como “síntesis de la historicidad del sujeto y como tal es una experiencia de la subjetividad. La subjetividad tiene por territorio el cuerpo y es producto de la conformación del sujeto como diversidad y síntesis bio-psico-socio-cultural.  Así la subjetividad se aloja a la vez en el cuerpo historicosignificado social y culturalmente”.  Es así que nosotros somos formados por aquellas significaciones culturales aprendidas y como sujetos realizamos creaciones de ellas de acuerdo a nuestras vivencias, pero sin olvidar que la “complejidad cultural de alguna manera impacta a la complejidad de la identidad” (Lagarde 1998).

Los diálogos de crianza nos han marcado por generaciones. La masculinidad y la feminidad están determinadas por las enseñanzas maternas, es ella quién dirige en lo más profundo la forma en que se vive la identidad sexual, el goce, la independencia. 

Lucía ha hablado de su madre en consulta, y en varias ocasiones cuando se refiere a ella  comenta con un tono enojado: “no puedo recordar de otra manera a mi madre que no fuera llorando o quejándose por lo desafortunada que es”, “me ha dicho que todo lo que ella ha dejado ha sido por nosotros sus hijos”. Así como ella una gran cantidad de pacientes femeninas han descrito a sus madres como mujeres que sufren, siempre a la espera de alguien que las rescate, dedicadas en su vida a los hijos, esperando ser compensadas por esto, aparentemente con poca satisfacción por la labor materna, misma que significa una renuncia para la que no estaban completamente preparadas. Casi todas quejándose de los hombres que tienen por padres, hermanos o esposos, ya que ellos aparentemente tienen la libertad que para ellas ha sido negada, hombres que poco se habían dedicado al hogar y la crianza compartida, violentos, hombres que abandonaron el hogar y después regresaron y se les abrió la puerta con la esperanza de que ahora sí venían a rescatar. Algunos pacientes refieren a sus padres o esposos llegando a casa después de haberse ausentado e incluso haber sido infieles y se les recibía con alivio por estar nuevamente presentes, una paciente mencionó en alguna ocasión “mi padre regresó después de haber engañado a mi madre y cuando regresó es como si nada hubiera pasado, abnegada mi madre y sufriendo se dedica ahora también a dar de comer a veces a los otros hijos de mi padre”.

Estos hombres que en la descripción más amplia y generalizada se les puede ver como machos, aquellos que en el fondo siguen siendo niños enojados con la figura femenina, aquellos a los que se les negó en la crianza la independencia, el sano empoderamiento.  Lanzados al mundo a competir con otros hombres sin herramientas, sin madurez y siempre con la necesidad de demostrar que son hombres. Rafael menciona en consulta “ estoy cansado de siempre estar demostrando que soy hombre, todo el tiempo tengo que ser sexualmente dispuesto y grandioso, beber igual que todos, ver a las mujeres con el mismo desdén que todos, criticar a mi mujer como todos, si no me comen” .  Hombres que salen de casa de sus padres sin tener claro que ya son hombres y lo que esto significa, y parece que una de las grandes maneras de demostrar que lo son es sometiendo a la mujer, dominando a la figura que los descalifica, que los absorbe, que los infantiliza.

Hombres temerosos e infantiles entonces se convierten en padres y mujeres dependientes en búsqueda de aquel que las rescate y proteja se convierten en madres.   Si miramos bien esta ecuación entonces podemos predecir que vamos a tener un padre ausente por su incapacidad madurativa y una madre que se apegará a sus hijos de forma dependiente y masoquista.  Benjamin (1988) refiere que en las mujeres la clave para el masoquismo es la ausencia de deseo que se da por la ausencia del padre, “las niñas necesitan a sus padres para que las ayuden a individuarse, para que éste les enseñe el camino del deseo propio, las despegue del deseo materno dependiente”. Es así que cuando no existe este hombre que apoye en esta tarea y la madre busque desesperadamente no estar sola, la hija va a tener pocas posibilidades de lograr una sana independencia.

En muchas ocasiones he pensado esto desde mi posición como analista, ya que no pretendo negar la parte de los diálogos femeninos que tienen eco en mí, mismos que muchas veces hacen eco con los de mis pacientes.  Pensando en esto recuerdo una paciente en donde la historia no era muy diferente a lo que he venido comentando, en muchos momentos de sus relatos yo me sentía profundamente enojada con su madre, en un principio me costaba saber por qué, pero entre todos estos relatos de hombres violentos, de abandonos por parte de ellos, descubro que la madre siempre ha estado presente pidiendo que no la deje, que no sea independiente, que no busque un hombre que realmente la quiera y la aprecie.  Me fue mucho más claro el enojo con su madre cuando en una sesión, en donde ella me dijo que ya estaba tomando la determinación de divorciarse de la actual pareja, me percato de una sensación de angustia en mí, pensé que no debía separarse porque no tenía trabajo fijo, pensé que sola no iba a poder.  Fue un diálogo interno mío revelador, algo se conectaba de mi con ella.

Descubrí que estaba conectada con el discurso materno, su madre impidiendo su crecimiento, pero también los discursos maternos personales y sociales que todas llevamos dentro, en donde éstos llevan a la mujer a creer que necesita a alguien para tener eso que ella no puede, que lograrlo es demasiado complicado, y a veces es mejor masoquísticamente ceder.  Permanecí varios días pensativa al saber que la creencia y el discurso están tan arraigados, confundida pensando que, si esto es algo que atraviesa la esencia de mi persona como mujer en mi cultura, eliminarlo sería eliminar la pertenencia y la propia existencia. ¿Estamos todas o la mayoría de las mujeres mexicanas atravesadas por ser esas “madres vírgenes” puras y dolientes, sin existencia propia, sin goce, sin sexualidad viva, sino solo siendo la madre de o la esposa de? Como mujer mexicana me vi tocada en los más profundo de mi, cuestionada en lo personal y en lo profesional, ligada a mi paciente por el mismo discurso que tal vez a ambas nos ha detenido de diferentes maneras, nos ha dolido y nos ha colocado de manera masoquista en esta cultura. 

Es inevitable que al trabajar con pacientes no toquen de manera personal, es decir, como analistas tomamos contacto con nuestras profundidades a través de los pacientes, nuestros propios demonios hacia el origen y cultura se ven reflejados con ellos. Me gustaría enfatizar aquí una cita de Rodríguez Sutil (2009) quien dice que, “un analista por mucho trabajo personal que tenga a sus espalda debe estar en disposición de encontrarse consigo mismo al aceptar al otro ya que este otro siempre nos va a enfrentar a huellas en la piel que creíamos inexistentes”. Y es en este campo rico que ambos dan sentido a eso que va ocurriendo dentro del espacio íntimo del consultorio, Benjamin (2004) en su artículo "Más allá de la dualidad agente-paciente" cita a Pizer quién menciona que una de las primeras formulaciones relacionales de la terceridad es la idea de negociación, según la cual “el analista y paciente elaboran juntos una construcción de sus experiencias individuales”.  

Si un analista es incapaz de percatarse que de suyo se dispone en la relación terapéutica, el trabajo va a quedar coartado.  En este sentido puedo concluir que los diálogos femeninos nos guían de manera inconsciente para tomar decisiones en nuestra vida, sobre nuestra pertenencia y nuestra independencia, la ausencia de figuras maduras paternas y la necesidad de algunas madres de dependencia hacen que las hijas crezcan con una falta de identidad, una sensación de vacío que aparentemente se llena con la doble dependencia, un hombre y la madre. Y que esta falta se ha extendido a diálogos culturales arraigados en nuestra identidad como mujeres.

Referencias

Benjamin, J. (1988) The bonds of love. Pantheon books. Nueva York

Benjamin, J. (2004)  Más allá de la dualidad agente-paciente: Una visión intersubjetiva del tercero. Intersubjetivo, Junio N 1, Vo 6, Pags 7-38

Lagarde, M. (1997). Identidad Genérica y Feminismo, Instituto Andaluz de la mujer. Sevilla. España

 Paz, O. (1999) El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica. México

Bodo S.. (1975). Los Dioses en los Códices Mexicanos del Grupo Borgia: Una Investigación Iconográfica. Fondo de Cultura Económica. México




martes, 12 de marzo de 2019

Comentario a cita de: "Sí, el psicoanálisis cura" (Juan David Nasio)


En otras palabras...

El psicoanálisis relacional se sustenta en un diálogo, en una forma particular de ser y habitar el mundo, dos subjetividades se encuentran para conocerse y descubrirse, formando una terceridad. La subjetividad del analista se dispone afectivamente para conocer las profundidades de las experiencias no integradas del paciente. Desde esta perspectiva, cuando un paciente se maltrata, tiene la oportunidad de mirar una forma distinta de tratarse a través de hablarse con palabras amorosas, mismas que escucha de su analista como telón de fondo, para que gradualmente se vayan incorporando en una forma singular de ser, sentir y vivir, siendo protagonista de su historia...

"No existe tal cosa llamada bebé" -Winnicott-


“No existe tal cosa llamada bebé”, afirma Winnicott: “El bebé existe siempre con alguien más; una mamá que lo corporaliza, lo construye, lo invita amorosamente a vivir, la que cumple la “función materna”, que debe ser lo suficientemente buena para garantizar su salud física y psíquica”. El primer contacto del niño con el mundo es a través del adulto que lo cuida. “Cuando se me muestra un bebé, se me muestra a alguien que se ocupa de él” asevera Winnicott. Es el que lo mira, l...o toca, le habla, lo alimenta, quien será su primer objeto de exploración y conocimiento, por eso el niño mira (imantación de la mirada), explora: toca sus ojos, la boca, el mentón, el cuello, introduce sus manitas en su boca y/o nariz del que lo alimenta y sostiene.

En el momento de ser alimentado, se ven comprometidos los cinco sentidos del bebé, que se reunifica y se integra en presencia de Otro (el adulto) con el que interactúa, y va adquiriendo al mismo tiempo la noción de su propio yo, y el reconocimiento del otro, proceso denominado de individuación en el que hay:
– Reconocimiento sensorial: el bebé reconoce al adulto por su olor, temperatura, como lo manipula, adulto que se le va presentando de diferentes maneras (por el color de su ropa, su perfume, el tono y cadencia de su voz, la forma de sostenerlo),
– Reconocimiento cognitivo: cuando diferencia a “ese” adulto del cuidado de “otros” adultos.
– Reconocimiento afectivo: cuando distingue y elige a quien/es mejor satisface sus necesidades, con quien/es se siente tranquilo y seguro, con quien/es desarrolla la conducta de apego.

El dolor es sordo... y ensordecedor: Reseña de libro

  Por Karla Rodríguez Escenaro De manera muy sensible la terapeuta Laura Molet nos lleva por las sendas del dolor visto de...